
Era una soleada mañana de agosto y Manolito tomaba plácidamente en la terraza su tazón diario de cereales. Fue entonces cuando la Juventud le cayó encima de repente. Su llegada era más o menos esperada en el seno familiar, e incluso Manolito había escuchado rumores de que algunos compañeros de su clase ya se habían convertido en jóvenes, pero lo que Manolito no podía entonces imaginar es que la juventud había venido para quedarse. Desde aquella fatídica mañana hasta al fin de su existencia, el pobre Manolito se vio obligado a ser joven todos y cada uno de los días de su vida.
En su fase inicial, Manolito no era todavía consciente de la perpetuidad de su nuevo estado, por lo que hasta acogió su llegada con ilusión. No es que él tuviera especial interés en ser joven, pero en los primeros momentos sí fue capaz de disfrutar del gusto de lo nuevo.
El pobre Manolito no fue consciente de la tragedia de su condena hasta que se enamoró por primera vez de una chica. Manolito la quería y los dos eran felices juntos, pero la Juventud fue implacable y Manolito tuvo que dejarla. Obstinado en una lucha contra su destino que ya nunca abandonaría, Manolito intentó negociar con la Juventud. En más de una ocasión se planteó incluso venderle su alma, pero no era él sino la Diosa quien ponía aquí las leyes y Manolito no tuvo otra alternativa que cumplir con su mandato.
Arrojado al aburrido y monótono desenfreno que guiaba su travesía, Manolito comenzó a tomar conciencia de su perpetua condición. Y en un gesto que le honra, Manolito decidió erigirse en un eterno luchador.
Acérrimo defensor de la tristeza y la melancolía como verdadero motor de la vida, Manolito Juvenal divulgo sus ideas por todos los confines del mundo. Aunque pueda parecer extraño, sus teorías encontraron una más que aceptable repercusión mediática y una devota fidelidad de seguidores, que lo acompañaron hasta el fin de sus días. Como broche a su carrera consiguió, a sus 68 años, ser entrevistado por la televisión pública en el informativo matutino de la primera cadena, e incluso fue invitado a una conferencia sobre “Célebres Tristes de la Historia” en una universidad americana, pero una dolencia intestinal de su madre le impidió acudir al evento.
Pese a todo, su éxito profesional nunca fue suficiente para aplacar la desbordante felicidad con la que la Diosa Juventud lo condenó a vivir. Y aquí reside precisamente la trágica paradoja que dio sentido a la vida de Manolito Juvenal. La idílica calma del tazón de cereales que fue germen, motivo y fin de su propuesta filosófica, y de la que pudieron gozar libremente todos sus fieles, nunca volvió a ser alcanzada por el pobre Manolito Juvenal, y no fue porque dejara de intentarlo. Su condena lo llevó al estrellato sin dejar jamás de martirizarlo.
El devenir de Manolito se convirtió en un continuo derroche de felicidad que incluso lo acompañó hasta la tumba. Dicen que sus últimas palabras antes de morir fueron: “Ay, que gustito, creo que me estoy muriendo. Nunca se me dio bien tocar la guitarra, pero he tenido la suerte de poder morir joven como una auténtica estrella de rock.”
Álvaro Congosto Martínez
Realizador, Madrid