Cochina vida sin ley

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A comienzos de la década de los setenta, surgió una película, La naranja mecánica, que dejó una huella profunda y dolorosa en toda una generación. “Cochina vida sin ley”, dice un mendigo al que un grupo de jóvenes delincuentes maltratan y torturan, haciendo referencia a un mundo caótico donde se reniega las diferencias generacionales, raciales y económicas.

Para su director, Stanley Kubrick, la violencia en todas sus manifestaciones no es un enemigo localizado “en un país exterior”, no son los otros, sino que forma parte esencial de la vida y de la pasión de cada sujeto. Kubrick rechaza la utopía de un mundo sin violencia, o un retorno a un paraíso perdido donde solo imperaría el bien.

Ya se trate de un boxeador, en su primer cortometraje (El día de la lucha), de un tribunal militar (Senderos de gloria), de un adulto paidófilo (Lolita), la estupenda dialéctica del amo y del esclavo (Espartaco), o la humillación y el horror asesino de los entrenamientos militares (La chaqueta metálica”) sus personajes y escenarios, nos muestran que el odio, la muerte, la destructividad, cabalgan junto con el deseo y la búsqueda de libertad.

Los hombres, como los monos de su 2001: odisea del espacio, conservan siempre el aspecto de bestialidad, aunque se transmuten en astronautas y como ocurre en esta película, luchen a muerte con sus propias criaturas: los cerebros electrónicos de las naves espaciales.

En La naranja mecánica, los torturadores salen todas las noches dispuestos a vivir una jornada de violencia, en la cual sus ataques están teñidos de erotismo y muerte. Para prepararse antes de esos “viajes”, asisten a un bar donde preparan un cóctel especial de leche y drogas alucinógenas. Una mezcla particular, para lanzarse al abismo de esas experiencias sin significación: solo actos de dolor, placer y caos.

Uno de los jóvenes de la pandilla asesina, es detenido y sometido a un tratamiento psiquiátrico conductual. Pero, tanto los policías de la prisión como los médicos adquieren visos de sádicos torturadores. Así queda manifiesto, de modo sorprendente la violencia de las instituciones que se supone corrigen la misma.

No se trata de erradicarla como si se tratara de un virus, sino de estudiar su origen en el contexto de cada individuo y las posibilidades sublimatorias que existen.

Kubrick nos aporta una mirada lúcida y frontal hacia el ser humano, describiéndolo en sus aspectos angelicales y demoníacos, y nos permite reflexionar sobre la esencia del sujeto en la guerra, la familia, las instituciones y la política, pero sin quedar atrapados en las redes de sus imágenes cinematográficas exquisitas.

Nada más lejano que muchas películas actuales donde vuelan cadáveres, ruedan vísceras, y se desparraman  litros de sangre, y que, sin embargo dejan al espectador pasivo con su sarcasmo o insensibilizado, sin  motivarle a preguntarse algo sobre la historia (su historia), que se proyecta lejos de él.

El muchacho aludido anteriormente, dice en un momento: “Yo quiero cambiar, yo no soy malo, es que no sé pensar”.

De eso se trata.


Psicoanalista, Madrid