Ver y no ver: el paradigma de la acción humanitaria

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Aparecen en nuestras pantallas caseras y luego desaparecen, sin más, y nos olvidamos de sus caras, sus sonrisas y hasta sus llantos que, por unos minutos, nos conmovieron, como si nunca íbamos a poder olvidarlos. Nos conmovían como si fueran nuestros vecinos o nuestros hermanos.

Tú, mujer guatemalteca, india del lago Ixticlan, que percibí fugazmente en la pantalla de mi televisor un domingo frío y húmedo del 91, cuyo rostro llevaba toda la tristeza de las mujeres del mundo cuando la separan brutalmente de sus hijos y de su marido y que la encierran en un humano campo de refugiados.

Tú, niña ruandesa que se pegó a todas las pantallas del mundo cuando el mundo entero, voyeur sin límites ni fronteras, fue incapaz de salvarte de las manos de tus asesinos hutús, ayer tus vecinos. Y nos quedamos mirándote sin poder, sin querer hacer el gesto que te hubiese podido salvar.

Y tú, viejo Bosnio, te asesinaron por musulmán, pero musulmán lo fuiste hace muchos años por puro azar, más en eso no se metieron tus asesinos, pues su deseo era matar. Y solo quedaron en nuestras miserables pantallas del mundo tus zapatos apenas remendados por tu vecino, el zapatero serbio.

Así va el mundo: una imagen fugaz desplaza a otra imagen tan fugaz como la anterior. Un horror cubre y nos hace olvidar el que lo precede. No sabemos en qué país, ni cuando ocurren estas atrocidades, lo que importa es la imagen, lo que llena la pantalla sin dañarla, pues nuestro entendimiento y nuestras memorias no son capaces de integrar lo que sucede.

¿De dónde vienen estos refugiados, hacía dónde van estos niños abandonados, por qué y por quién lloran estas mujeres que aparecen fugitivamente en la pantalla, a qué Dios rezan, a quién gritan su dolor, por qué corren, de qué horror van huyendo?

Así se desarrolló la acción humanitaria. Frente a las mismas imágenes, surgidas de las mismas pantallas, que desaparecen a la misma velocidad, unos cuantos individuos reaccionan. No es que tengan más razones de hacerlo que los demás, no es que tengan más legitimidad, no es que estén mejor preparados para dejarlo todo, ó casi, e irse. Ni que sean más neuróticos, ni más frágiles o valientes. No, solo que son así. Y de esta manera se lanzan a esta aventura sin salida.

No piensan que van a transformar el mundo, ni mucho menos. Y menos todavía que van a transformar la naturaleza de los seres humanos. Esas utopías ya han dado lo que debían de dar: muchas ilusiones y muchos crímenes.

No, solo piensan que el hecho de tratar de salvar alguna vida, socorrer algunas personas y ante todo las más solas, débiles y abandonadas puede ser una manera de no añadir daños alli donde ya hay bastantes. No saben si eso es hacer el bien.

Pero saben qué es, a su nivel, luchar contra el mal. Los primeros que se van a lanzar, en los años 70, son en su mayoría médicos. Su formación, su educación, su vocación les han preparado para enfrentar este tipo de situaciones. Es una generación que sabe que detrás del silencio de las victimas no hay esperanza. La esperanza la da el dar a ver y a conocer los sufrimientos de los que son «dejados de lado», en medio de los enfrentamientos y de las guerras que transcurren por el mundo.

Para eso se necesita luchar paso a paso, saber que no hay treguas, o tan breves, que no hay sistema humano que garantice nada, sino sistemas menos peores que otros, que no hay utopías que para siempre nos puedan garantizar la paz. Todo es frágil, precario y probablemente el paradigma de las imágenes de nuestros televisores no es ni más ni menos que el paradigma del mundo globalizado, estallado, enfrentado en el que nos ha tocado vivir. Y que el compromiso humanitario puede ayudarnos a quedar en pié y salvar lo que, a nuestro nivel, podemos esperar salvar: un poco de humanidad.

Jacques Lebas
Médico, fundador de Médicos del Mundo en España