
El psicoanálisis conoció su mayor acogida en Austria, Suiza y Alemania antes del triunfo del nazismo y su consecuente represión. Muchos de los analistas radicados en esos países se vieron forzados a emigrar, dando lugar a una gran expansión y producción en los países de acogida, como Inglaterra, donde se exilio el propio Freud, y otros. También tuvo un gran desarrollo en Francia después de la guerra, sobre todo gracias al impulso de Lacan y sus discípulos.
Pero probablemente su mayor difusión y popularidad la alcanzó en dos países: Estados Unidos y Argentina. A este hecho no parece ajeno el que fueran dos países cuya población mayoritaria era producto del aluvión migratorio. Para el inmigrante y su descendencia, la extranjeridad radical del sujeto respecto del medio y de sí mismo, todos esos cuestionamientos de la supuesta integridad del yo consigo mismo y con su medio que postula el psicoanálisis y que tan extraños resultan al lego, son datos de la realidad inmediata, una evidencia que es difícil desconocer.
Mientras que el argentino de clase media es consciente, no de su inconsciente, pero sí de tener uno; ésta es una idea extraña al común de la población española. No se trata de establecer una diferencia de valor entre ambas características, pero sí de reconocer una diferencia entre una “españolidad” arraigada a la tierra y a las generaciones, y una “argentinidad” nacida de un cocido de culturas en un puchero en constante ebullición.
La transición española fue un salto sobre el vacío de la pre-modernidad a la post-modernidad, sin haber atravesado los aportes y sinsabores de la modernidad.
Es tarea del que llega hallar los puntos de encuentro con la cultura de un país al que no ha sido convocado. Pero ¿cómo entrecruzar la historia psicoanalítica argentina con las articulaciones culturales españolas?
En principio los psicoanalistas argentinos, que van llegando al ritmo del incremento de la represión en sus países, son muy bien acogidos. Sus incorporaciones contribuyen decisivamente al reconocimiento de la Asociación Psicoanalítica de Madrid (APM) como sociedad componente de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA) en 1979 -1981, bastante más tarde que la filial de Barcelona.
Pero a medida que se incrementa el arribo de psicoanalistas exiliados desde Argentina, hasta constituir una verdadera avalancha, comienzan a ser recibidos con mayor reticencia. Deberán aguardar años hasta su reconocimiento por la APM.
El psicoanálisis no es una cuestión de nacionalidades, ni siquiera de la nacionalidad de las asociaciones. Que los títulos y derechos adquiridos por sus practicantes en un país no le sean reconocidos por una Asociación Psicoanalítica de otro país con similares reglas de formación, parece negar el carácter científico del psicoanálisis y poner en evidencia el corporativismo de las reglas de la Internacional.
Esta reticencia tendrá un efecto colateral: forzará a muchos analistas a desarrollar sus actividades fuera del campo de la Internacional en España, contribuyendo así a la difusión del psicoanálisis más allá de sus límites institucionales.
Estos analistas traían una vasta experiencia de trabajo psicoanalítico en instituciones públicas, lo que sumado a su deseo y necesidad de hallar un lugar en el que inscribirse en su nueva sociedad de residencia, se ofrecieron a la salud pública más que los psicoanalistas locales, ya más instalados en sus respectivas prácticas y, por lo tanto, menos disponibles. En general no participaron directamente de la tarea asistencial, pero aportaron seminarios y grupos de estudio, supervisiones, y otras formas de transmisión de su experiencia institucional en servicios públicos a los profesionales que lideraban los cambios que se estaban produciendo en la salud mental española (fundamentalmente en Cataluña). La base para este encuentro se hallaba en su comunidad ética e ideológica con el proyecto reformador, ideología y ética que, en la mayor parte de los casos, eran causa directa de su exilio.
Tanto por la ideología de reformular dogmas y axiomas, como por la necesidad de insertarse en la práctica privada y, para ello, facilitar el acceso de nuevos alumnos, profesionales y candidatos al psicoanálisis, los psicoanalistas latinoamericanos flexibilizaron una amplia oferta de formación y asistencia privada, lo que facilitó la divulgación, tanto en el campo cultural como en el terapéutico, de la teoría y práctica clínica psicoanalítica.
Se fundan escuelas y asociaciones psicoanalíticas. La Escuela de Psicoanálisis de Niños y Adolescentes (EPNA) fue pionera en este sentido. A partir de 1981 la enseñanza del psicoanálisis, impulsada en un comienzo en buena medida por psicoanalistas argentinos, va siendo reconocida por diversas universidades, y desde 1985 comenzará a incorporarse como curso de pos grado, masteres y doctorados.
El problema que plantea la incorporación del psicoanálisis a la Universidad es que, pese al incremento creciente de una demanda estudiantil incentivada por el otorgamiento de puntos, créditos y títulos, la enseñanza del psicoanálisis se concibe como el complemento del diván, no como su reemplazo.
Freud realiza una ruptura tajante con la tradición psiquiátrica: borra las diferencias entre salud y enfermedad mental. Si la salud mental es una ilusión y todos somos “enfermos” la neurosis deja de ser una enfermedad, y cualquier persona que padezca un malestar subjetivo o un sufrimiento excesivo puede consultar a un psicoanalista e iniciar una psicoterapia sin que esto lo señale como enfermo o diferente. Si esta experiencia del inconsciente depende del libre albedrío de cada sujeto; es imperativa para quien desea ser analista. El psicoanalista debe ser consciente y, además, si no cree que él mismo puede beneficiare del psicoanálisis, ¿con qué autoridad puede ofertarlo a otros?
Si la enseñanza académica de la teoría psicoanalítica favoreció inicialmente el acceso de profesionales con formación psicoanalítica a la función pública, hoy, cuando la psiquiatría se interesa más por la mente que por la psiquis y más por el cerebro que por la mente, en un alejamiento no sólo del psicoanálisis sino también de la psiquiatría clásica y de la psicología psicodinámica, y un acercamiento progresivo a la neurología, hasta el extremo en que se confunden ambas especialidades; la formación psiquiátrica es tan heterogénea al discurso psicoanalítico que se ha vuelto impermeable a él.
Marina Averbach
Médica psicoanalista, Madrid