Fragmento del Capitulo “Psicoanalistas argentinos en la salud mental española” de Marina Averbach, médica psicoanalista, en “La psiquiatría española en la transición”, compilado por la Sociedad Europea de Historia y Filosofía de la Psiquiatría. Extra Ediciones, Madrid, 2.001
En noviembre de 1975 fallecía Francisco Franco, el Generalísimo; dejando vacante un lugar que había ocupado en exclusiva durante más de treinta y cinco años, espacio en el que se desarrollaría la transición hacia la democracia española.
El 24 de marzo de 1976 tenía lugar en Argentina un golpe de estado que desencadenaría una represión de una intensidad nunca antes conocida en el país.
Se produjo así la emigración de un gran número de personas para salvar sus vidas o las de sus hijos, o para escapar de un clima de terror que se hacía insoportable. Muchos de estos exiliados eran psicoanalistas, uno de los grupos profesionales más afectados por la persecución política. La mayor parte de ellos eligió España como país de destino, con la que los unía la lengua, herramienta fundamental del trabajo analítico.
Todos ellos, sin constituir un conjunto homogéneo, tenían algo en común: dejaban un país en que el psicoanálisis constituía la teoría dominante en el campo de la salud mental por otro en que el psicoanálisis se había desarrollado en las catacumbas de un régimen al que no le era simpático.
Ángel Garma, después de formarse como analista en Berlín, regresa a Madrid en 1931 con la ambición de fundar un grupo psicoanalítico y difundir el psicoanálisis en España. El estallido de la guerra civil acaba con su proyecto.
Su llegada a la Argentina, en 1938, no pudo ser más oportuna. En Buenos Aires había comenzado a reunirse un grupo de médicos e intelectuales interesados en el psicoanálisis. Ellos necesitaban didactas autorizados para ser reconocidos por la Asociación Psicoanalítica Internacional (I.P.A.) y Garma, primer psicoanalista español, recién llegado al país en que residiría el resto de su vida, pronto no tendría horas suficientes para atender a sus pacientes.
En Argentina el psicoanálisis adquiere prestigio intelectual gracias a los escritos de Ortega y Gasset y las conferencias de Rodríguez Lafora, se lee a Freud en la edición española con traducción de López Ballestero, el primer analista didacta y el y primer presidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina (A.P.A.) es Ángel Garma, también español. Y sin embargo el psicoanálisis arraiga en la sociedad porteña y no en la española. ¿Por qué?
El psicoanálisis nunca tuvo buenas relaciones con los regímenes totalitarios. Quemados sus libros y perseguidos sus practicantes en la Alemania y la Austria nazis, prohibido bajo el estalinismo por su carácter burgués, no podía correr mucha mejor suerte bajo el franquismo. Pero reducir el fracaso del psicoanálisis en España a la antipatía del régimen sería una excesiva simplificación.
Muchas eran las razones para que las ideas freudianas no arraigaran en la península: el catolicismo y su moral, opuestos a la nueva ética fundada por Freud; una cultura que rechaza tradicionalmente la mención de los propios problemas y dificultades, sobre todo si éstos son de índole sexual; el estoicismo castellano y “el carácter épico del español” (López Ibor).
María Luisa Muñoz, con extraordinaria perspicacia, cita otra causa para este fracaso: “la ausencia en España de una intelectualidad judía, abierta científicamente, que hubiera acogido sin prejuicios las nuevas aportaciones freudianas, facilitando su implantación y desarrollo”.
Las principales teorías destinadas a conmover los cimientos del pensamiento occidental (marxismo, freudismo, teoría de la relatividad) surgieron en las mentes de judíos germanos asimilacionistas. Distanciados de sus orígenes judíos por su deseo de integrarse a la sociedad en que residían, y rechazados por ésta por su origen judío, esta extranjería radical hizo de la intelectualidad judía un sector menos prejuicioso y más abierto a las nuevas ideas, así como a una mayor reflexión sobre su propia interioridad y su subjetividad. Cuando Freud empezó a hacer sus descubrimientos ya hacía cuatrocientos años que los judíos habían sido expulsados de la península.
El estigma persiguió al psicoanálisis desde sus comienzos por ser Freud, su fundador, de origen judío. De esta manera se podía desautorizarlo atribuyendo sus descubrimientos al “carácter degenerado de una raza”, o simplemente descalificarlo como hizo Pío Baroja al definirlo escuetamente como “palabrería judía”.
Tampoco la cultura española era fácilmente permeable al psicoanálisis. Incluso el gran realista español, Pérez Galdós, trabaja más con arquetipos que con verdaderos caracteres psicológicos individuales. Esta ausencia de realismo psicológico no responde sólo al “carácter de una raza”, sino a la ausencia del pensamiento moderno en Castilla. La subjetividad en la literatura es un reflejo del pensamiento burgués, y España no es cartesiana.
Sí hubo artistas que se interesaron en el psicoanálisis (Dalí, Buñuel), pero lo que les interesó fue el descubrimiento del inconsciente y, sobre todo, sus procedimientos (asociación libre, atención flotante), no su clínica. El psicoanálisis abreva en fuentes ajenas a la tradición cultural española.
Marina Averbach
Médica psicoanalista, Madrid