
El rechazo que se observa en la cultura occidental a toda forma de dolor, displacer o sufrimiento, el hedonismo artificial impuesto como regla de vida en nuestras sociedades nos ha conducido progresivamente por el camino de la anestesia química de las funciones psíquicas.
La promesa de un bienestar infinito sin síntomas, el destierro de los conflictos, la placidez de una vida sin demasiadas tristezas no son otra cosa que fórmulas de un discurso cuyo carácter mortífero convierte a los seres humanos en verdaderas piezas controladas por la ingeniería química. No se trata aquí de restarles importancia a los avances logrados en el campo de la farmacología en el tratamiento de las enfermedades psíquicas, sino de colocarlos en su adecuada dimensión. Un ansiolítico no anula los conflictos, en todo caso, disminuye los efectos de inquietud, ansiedad o angustia que ellos producen, creando de esa manera mejores condiciones para su abordaje. El uso de los antidepresivos no le devuelven al sujeto la felicidad perdida, pero pueden darle ese impulso necesario para activar su vida.
Recuperar la noción de crisis vital en el léxico de los trastornos psíquicos permite una apertura del campo clínico en el tratamiento de lo real. Más allá de las nosografías clásicas, de las siglas y marcas dominantes en la psiquiatría o de los protocolos médicos, está el dolor psíquico bajo sus diferentes formas de aparición. La dimensión real del síntoma actual y la condensación de la historia del sujeto constituyen un punto nodal que demanda una intervención rápida para evitar su coagulación.
El tratamiento de la crisis no es una urgencia que imponga la eliminación de los síntomas a través de los psicofármacos, sino una práctica que pretende desanudar la inhibición del juicio.
Hablar de crisis significa referirse a un entorpecimiento de la razón frente a los cambios propios de cada etapa de la vida o de aquellos provocados por circunstancias denominadas impropiamente accidentales. La crisis es una ruptura de la homeostasis del sujeto, del equilibrio imaginario, un trastorno en las reglas del principio del placer en términos económicos. Pero también es un desarreglo de las funciones imaginarias y simbólicas del sujeto que aparecen en el momento en que se debe incidir sobre lo real. Y es en ese preciso instante de la conclusión del juicio en un acto, en una decisión, cuando sobrevienen las diversas manifestaciones de la crisis.
De un modo simple, se puede decir que la crisis siempre apela al acto. Por eso lo característico de muchas crisis en su punto de partida es el pasaje al acto del sujeto, la insuficiencia que muestra su dispositivo psíquico para abordar lo real. El sujeto imposibilitado de realizar el acto por donde su juicio concluye en una decisión se ve arrastrado por la coartada apremiante del pasaje al acto.
Se trata de diseñar el contorno de un mapa donde aparece esbozado en los síntomas de la crisis la insuficiencia de la disposición subjetiva para afrontar la dimensión real del conflicto. Si la historia es el presente, en lo actual no hay ningún tipo de apego imaginario al pasado virtual. El inconsciente ex-iste allí donde el síntoma lo anuda.
Sería un contrasentido promover en el tratamiento de la crisis un dispositivo destinado a borrar los síntomas del escenario subjetivo.
De lo que se trata, es de instalar en el sujeto, la dimensión lógica del tiempo de concluir, aunque lo perentorio de las crisis se exprese en la falta de tiempo.
En la resolución de esta paradoja está condensada la dificultad de todo tratamiento posible de las crisis. La crisis es un triunfo del movimiento sobre la inconsistencia rígida de las estructuras.
Adolfo Berenstein
Psicoanalista, Barcelona