Le pregunté a una amiga qué le parecía que podía regalarle a su nietecito de catorce meses y me respondió: algo que tenga botones para pulsar, lo que le encanta es apretar teclas.
Los destetamos con botones.
Botones que conducen a lo virtual, a un imaginario en conserva, inmediato, como un sueño o un ensueño programable, que está ahí, delante de nosotros y con el que nos identificamos. A través de los jueguecitos electrónicos cualquier niño puede ser (identificarse, verse) desde un afamado deportista hasta un asesino en serie sin el menor esfuerzo imaginativo, sin argumento y sin que le haga falta poseer ninguna sintaxis mental.
Deberíamos reformular la famosa fase del espejo de Lacan, tan fructífera ella y tan estructurante. Da cuenta de nuestra unidad corporal, de nuestra imagen de sujetos, de nuestra conciencia de Yo, en definitiva. Vemos como somos, lo que somos, como una unidad, en nuestro reflejo en el espejo. Una imagen delante de nosotros, que somos nosotros. Siempre existe una primera vez para experimentar esto.
Los otros significativos para el niño (padres, maestros y subrogados) actúan también como el espejo. Sancionan lo que en ellos proyectamos, nuestras palabras, nuestros actos; nos devuelven una imagen de nosotros mismos: “lo haces muy bien, mira que guapo”; o muy mal, eres malo, etc. Somos lo que nos dicen (los espejos) que somos.
Sustituir el espejo por la pantalla, aunque sólo sea parcialmente, me parece una operación de riesgo.
Si no somos hablados, “eres bueno, lo haces mal…” y sólo somos “vistos”: “tenía que haber apretado otro botón, he fallado por no ir rápido a atropellar a la vieja…” Entonces nuestro Yo corre un serio riesgo de fragmentación. El riesgo de no poder simbolizar.
Siento decirlo pero en su exageración, y estamos cibernéticamente exagerados, la situación que describo es ciertamente psicotizante. No hace falta nadie, no hay discurso, yo y otro yo que manejo en la pantalla. Gente que vive encerrada en su cuarto con un ordenador como única compañía. Sólo abren la puerta para que les entren comida.
Signo de nuestro tiempo, significa un reto sobretodo para los psicoanalistas.
Dificultades graves en la regulación de la autoestima, apatía, angustia, crisis de ideales y de valores y fluctuaciones del estado de ánimo, pueblan nuestras consultas.
El Yo está tan disperso como el mundo social y el sujeto se ve en una imagen descentrada. La socialización se repliega a las preocupaciones personales, mirarse el ombligo parece el deporte de moda y la subjetividad se retrae, ensimismándose.
La ambigüedad de los roles parentales y el debilitamiento de los límites colocan al individuo en una posición también “virtual” ante la ley.
Me gustaría que lo que digo pudiera calificarse de realismo ilustrado, pero mucho me temo, que se tilde simplemente como pesimismo. Otro punto para poder ser pensado.
Por cierto, al nieto de mi amiga le regalé un piano.
Ricardo Millieri
Psicólogo y psicoanalista, Barcelona