Christine Spengler

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Ente la luz y la sombra

Son las siete de la tarde de un caluroso día de Junio, Christine Spengler nos abre la puerta de su casa, calle Válgame Dios, en pleno barrio de Chueca, en el corazón de Madrid. En el portal, nos sobrecogen el típico frescor de los portales madrileños en verano y la suntuosidad de los azulejos azules y blancos, de las maderas oscuras y de un altar con flores de colores ante el cual, nos dirá Christine, se santiguaba Manolete, que vivió aquí. Subimos por el ascensor y nos encontramos en una casa o, mejor dicho, un santuario, con fotos divinas de toreros, macarenas, unas fotocomposiciones con colores vivos y chillones. Hay velas, flores, olor a nardos… esta casa es un altar a la vida, a los muertos. Así es como entramos en el mundo de esta gran fotógrafa, reportera de guerra, cuyas fotos han dado la vuelta al mundo.

Diván: Cuéntanos cómo llegaste a esta profesión. ¿Qué es lo que está en el origen de tu arte?

Christine Spengler: Soy francesa de origen alsaciano, mis padres se separaron cuando tenía ocho años, tuve que dejar a mi hermano Eric, a quien adoraba, a mis padres, y la casa maravillosa donde vivíamos a orillas del mar en Marsella, con gaviotas y palomas que entraban y salían, pintada de colores maravillosos, todo un mundo de poesía. Tuve que dejar todo esto e irme a vivir a casa de mis tíos Marcelita y Luis, en la calle Velázquez de Madrid. Lo primero que hizo mi tía fue vestirme de negro y marrón, colores que aborrecía. Además, no hablaba una palabra de español. Del color y la poesía, llegué al negro, al negro de los tricornios de los guardias civiles, de las gafas negras de Franco que veíamos en el NODO, de las mujeres que iban a misa con mantilla y zapatos de charol. Pero junto al negro estaba el rojo, el rojo que ahora invade todas mis fotos: era el rojo de la violencia, de los toros. Mi tío Luis era aficionado a los toros y lo primero que hizo fué llevarme a las Ventas, nunca podría imaginar que esos ruedos de sangre entre sol y sombra de mi infancia me llevarían más tarde a los ruedos de Sabra y Chatila. En casa de mis tíos había retratos de toreros, y yo, que era una niña malherida y secreta dialogaba con ellos: ya entonces me fascinaba la belleza del ruedo oro y grana y rosa.

Desde muy pequeña quise ser escritora para exorcizar mi dolor, pero mi destino cambió radicalmente a los veinte años, a la muerte de mi padre. Entonces, mi adorado hermano y yo decidimos emprender un largo viaje al fin del mundo para quizás no regresar. En el duelo, lo que se suele hacer es huir, lejos de todo y todos, queríamos perdernos sin dejar rastro. Eric decidió que iríamos a visitar al sultán de Seguidim, que deambulaba con un bastón y oropeles de oro en la ciudad de la sal, donde la sal cruje a mediodía, lejos de los gritos de los cuervos negros en el funeral de mi padre, premonitorios sin que yo lo sepa de todos los páramos donde iría más tarde: siempre hay cuervos sobre los osuarios, los cuervos del Vietnam, de Irán…

Seguimos ruta después de Seguidim. Un día eran las seis de la mañana, iba yo conduciendo cuando a la salida de un desfiladero oscuro como un túnel de la muerte, veo que el paisaje de la noche ha cambiado. Después del desierto lleno de blancor de Argelia, veo por primera vez colores, plantas, gramíneas, mientras me preguntaba dónde estábamos, con Eric dormido encima de mis hombros. De repente, veo bajar unos gigantes negros de rostros impresionantes: eran los rebeldes tubus del Tibestí. Enseguida pienso que si lo cuento, nadie me va a creer, y le pido a Eric, que era fotógrafo, una de sus cámaras, siento la necesidad imperativa de cogerles en foto para testimoniar. Tengo la impresión de que nací el día que hice esta primera foto, ese día me di cuenta de que si quería testimoniar, la escritura no era suficiente, la cámara era necesaria. Poco después los rebeldes nos hicieron prisioneros y nos tuvieron encarcelados durante veintitrés días.

D: Es interesante que sea justo en ese viaje del olvido de ese mundo que querías borrar, de donde te querías ir sin dejar huellas, que sea justo entonces cuando sientes la necesidad de dar testimonio, de dejar una huella de un mundo que te es completamente ajeno.

C. S:: Si, creo que me viene de mi infancia, de las diferencias tan grandes que había entonces en España entre pobres y ricos. Al volver de viaje lo tenía claro, iba a ser corresponsal de guerra, cosa a la que mis tíos se opusieron rotundamente. Juan Luis Cebrián, que entonces trabajaba en Informaciones fue quien me ayudó, confió en mí dándome billetes de avión para ir al Yemen, al Líbano, a Bangladesh. Durante todo ese tiempo trabajaba con la cámara que me había dado Eric el día de mi primera foto. Ese 28 milímetros gran angular sigue siendo mi fetiche. He sido bastante revolucionaria en el sentido de que he cogido el contrapié de mi familia.

D: ¿Tu sentido artístico no te viene de tu madre, la última surrealista, como la llamaron a su muerte?

C. S: Mi madre era artista pero nunca fue una persona engagée (comprometida), ella pintaba, hacía esculturas, nos daba clases de dibujo, de piano, nos enseñó a Eric y a mí la belleza, la dulzura, la poesía, pero no era una pasionaria, todo lo contrario, he sido la única de mi familia en romper moldes.

D: Una cosa que nos intriga mucho es que durante años sólo trabajabas en blanco y negro, y de repente empiezas a trabajar con color.

C. S: La primera foto que me hace famosa es la foto de unos niños irlandeses tocados con sombreritos de carnaval, cacheados por soldados ingleses: «Carnaval de Belfast», dio la vuelta al mundo, la publicaron Life, Paris Match, etc… después voy a Vietnam, a trabajar para Associated Press, a quince dólares la foto, es la época de los frentes de guerra, de levantarme a las cinco de la mañana, mis compañeros me llamaban moonface. Hice cantidad de fotos que fueron famosas pero, de repente, se quiebra mi vida. Estoy durmiendo en el mítico Hotel Continental de Saigon, llaman a la puerta, es un telegrama. No le doy importancia, pues estoy acostumbrada a que Sypa Press me mande telegramas pidiéndome más fotos sangrientas. Lo abro, medio dormida, y ese telegrama de color azul me anuncia la única muerte que yo no podía imaginar, la de mi hermano Eric, que se había suicidado en París dos días antes. En ese momento mi vida se derrumba y se desgarra, durante diez años estoy sumida en el duelo y el luto. A partir de entonces me visto de negro, hago fotos en blanco y negro, y ya no veo el color, sólo veo el cielo blanco y plomizo de Saigon. Durante diez años estuve en una película en blanco y negro. En cierto modo era un autocastigo, me culpabilizaba de la muerte de Eric. Por una parte pensaba que se había matado por haberme alejado al ir a Vietnam, pero también me sentía abandonada por él. Me sentía culpable por no haber muerto a su lado como lo habíamos planeado cuando éramos pequeños… A partir de su muerte me privo inconscientemente o voluntariamente del color.

Me había jurado que nunca volvería a Alsacia, donde estaba enterrado Eric. Iba a Nicaragua, al Salvador, a todos los sitios del mundo donde había conflictos, no tenía miedo, nunca he llevado chaleco anti-balas ni casco, me daba igual morir.

Mi madrastra, que adoro, Paulette, me pidió un día que le acompañara a Alsacia. Le dije que sí pero que no iría al cementerio, le acompañé hasta la puerta y le dije que no entraría, y poco a poco iba hacia mi destino, entré en el cementerio y vi la tumba de mi amado Eric, con su nombre escrito en letras doradas sobre el mármol negro, recordé el traje azul turquesa, mi preferido, que se había puesto para suicidarse, y fue entonces cuando afloró de nuevo el color. Asumí que Eric estaba muerto y que yacía debajo de esa lápida. Por primera vez en diez años corrí a comprar carretes de color, me di cuenta de que para devolver los muertos a la vida es necesario el color. El blanco y negro es el duelo y el color es el himno a la vida. Fue entonces cuando hice las primeras composiciones en color de tumbas, de los retratos de Eric, de mi familia bien amada, lo hice recordando las mujeres iraníes que siempre ponen la foto del ser querido rodeado de pétalos de rosas y de incienso.

Pese a esta época de negrura, en mis fotos siempre ha habido y hay esperanza, soy como Capa, me intereso más por los vivos que por los muertos. Cuando murió Eric, la última foto que había hecho era la de una joven vietnamita que, arrodillada ante la tumba de su hermano, abanicaba su retrato. Es más importante ver el dolor reflejado sobre el rostro del superviviente que el que yace sin vida.

D: Lo que te ocurre en la vida se refleja de manera contundente en tu obra.

C. S: Asumir la muerte de Eric fue el principio de la liberación, fue asumir por fin la realidad, la verdad, pero lo que me ha liberado totalmente, fue el encuentro con Philippe cuando murió mi madre.

D: ¿Hacía mucho que no la veías?

C. S: No la volví a ver desde la muerte de Eric porque seguramente la hacía culpable de su suicidio. Cuando murió, mi mejor amiga me llamó y me pidió que me ocupara del funeral, «Hay un joven que está desesperado y que quiere verte, por favor, recíbelo, era el protegido de tu madre». Entonces conocí a Philippe, él y mi madre eran un poco como Harold y Maud, él tenía cuatro años menos que yo, justo la edad de Eric. Mi madre era la musa de Philippe, él tenía familia, una novia, pero siempre le decía: «Huguette, que triste voy a estar cuando se muera», «no te preocupes, cuando me muera conocerás a mi hija, os enamoraréis y os casaréis» y el pobre pensaba: «¡Qué horror, esa loca que recorre el mundo vestida de negro por donde haya guerras!». Al día siguiente, en el funeral de mi madre, nos enamoramos en cinco minutos, y aquí estamos, Philippe es el retrato de Eric y yo me parezco mucho a mi madre, con Philippe no tenía el tabú del incesto, cosa que sí me ocurría con Eric, nos habíamos jurado que nuestro amor puro duraría hasta la muerte.

D: En cierto modo Philippe es como un regalo de tu madre…

C. S: Es lo que me dice la gente. Cuando conozco a Philippe, entra de nuevo el amor en mi vida. Me diseña vestidos de colores, me pinta de tal manera que me parezco de manera asombrosa a mi madre, me pone tacones, pulseras que tintinean en cada uno de mis movimientos, me da un nuevo look, creado por el amor. Pero quiero seguir dando testimonio del horror, de la injusticia y, sobre todo, de la belleza que se oculta en el corazón mismo de la guerra; dar testimonio de esos hombres, de esas mujeres, de esos niños maravillosos que continúan sonriendo en lo más profundo de la tragedia: las «flores de la guerra».

Llegó el ocaso, se instaló la noche mientras Christine Spengler nos hablaba de las luces y las sombras de su existencia. Y sus magníficas fotos de toreros, de macarenas, de personajes queridos nos contemplaban…

*Entre la luz y la sombra, Autobiografía de una corresponsal de guerra, El País Aguilar-1999, Christine Spengler.

Marie-Ange Lebas Royer, psicoanalista, y Christine Pepin, periodista

Diván el Terrible

2 comentarios a “Christine Spengler”

  1. Teeny dice:

    Excelente articulo. Tuve el privilegio de conocer a Christine en una bienal de fotografía Mezquita en Córdoba. Es una persona extraordinaria.

  2. Conocí a Christine Spengler en la Feria del Libro de Madrid hace exáctamente diez años, en junio de 1999. Me firmó su libro Entre la Luz y la Sombra (Autobiografía de una Corresponsal de Guerra). Me fascinó su imagen frágil y elegante, que no hacía sospechar su increíble experiencia vital como testigo de los conflictos más dramáticos. Ha paseado su cámara y su cuaderno de campo por el mundo para traernos las sensaciones que se transmiten en los límites de la vida y la muerte. Su blanco y negro clásico de los reportajes bélicos y del sufrimiento de los conflictos, contrastan con los fuertes colores de la intimidad, de la nostalgia, de los seres queridos, de la pasión producida por los lugares donde la vida explota. Ella cuenta su descubrimiento de los colores de España cuando llegó a Madrid a los ocho años, en 1955: “…llego a un país desconocido… y me veo sumida en el negro y en el rojo, que eran los únicos colores de la España de entonces. Recuerdo que me daban mucho miedo las gafas negras de Franco en el noticiario… Y todas esas mujeres del barrio de Salamanca vestidas de negro, con mantillas y zapatos de charol. Y luego descubrí el otro color de España, porque mi tío era muy aficionado a los toros y me llevaba todos los domingos a las corridas… Descubrí el rojo de la sangre.”

    La pérdida de su padre, y después el suicidio de su hermano, la colocaron en encrucijadas vitales que hicieron posible su amor por la vida buscando el sentido de la muerte. Como ella misma dice: “Sí, yo siempre intenté sobrevivir. Y a los dos días de la muerte de Eric, y aunque estaba sumida en el dolor, ya comprendí que había una diferencia entre un suicidio, que es un acto de lujo, y el niño de Phnom Penh al que fotografié llorando desesperado cuando acababan de matar a su padre. Ese niño quería vivir, por supuesto; como todos los niños a los que fotografié en todas las guerras y que, ahora me doy cuenta, eran sustitutivos de Eric para mí… Pues bien, todos ellos estaban atravesando situaciones atroces, pero querían vivir. Entonces, cuando me di cuenta de eso, decidí fríamente que mi duelo personal se iba a convertir en un duelo universal, que iba a hacer algo con ello. Y toda esa familiaridad, toda esa complicidad que tengo con la muerte la puse al servicio de mi oficio. Y esa complicidad la sigo teniendo, porque el tema de mi trabajo es el duelo del mundo…” Aunque después de 10 años de blanco y negro llegó el color, éste también estaba ligado a la muerte, porque Christine Spengler ha encontrado la forma de destruirla con su fotografía. “He abolido la frontera entre la vida y la muerte”. (las declaraciones de Christine Spengler están tomadas de la entrevista aparecida en El País el 2-9-2001)