
Una forma común de juego durante nuestra infancia era ser un vaquero, una princesa, un rey o un príncipe. Durante cientos de horas hemos buscado esa felicidad momentánea nacida de la más natural sencillez infantil. Los adultos observamos frecuentemente ese juego con tranquilidad y dicha. Normalmente el tedio comenzaba cuando uno era uno mismo.
En la consulta del terapeuta, llegan pacientes que parecen desear, en el fondo, ser otros. A veces transmiten ese deseo como posible medicina ante su padecer. Muchas veces soñamos, y en los sueños, verdaderas autopistas de información sobre nuestro inconsciente, aparecemos convertidos en personas y cosas muy alejadas, aparentemente, de nuestra realidad física y química. Nuestro inconsciente se encarga de hacer todo el trabajo virtual.
Desde hace unos 15 años casi la mitad de la población del planeta tiene entre manos una herramienta de características y potencial todavía desconocidos. Lo llamamos Internet. Una parte de esa herramienta se transforma, por el uso que se le da, en realidad virtual.
Los que tenemos que pensar un poco en el ser humano nos encontramos desubicados. Si ya era complejo tratar de entender los nuevos rasgos patológicos del sujeto por los cambios sociales del siglo XX se añaden los sucesos psíquicos que surgen en el siglo XXI derivados por los cambios tecnológicos. Y todo ocurre a una velocidad de vértigo.
Los tiempos de nuestra realidad biológica no se ajustan cómodamente a los tiempos de la realidad tecnológica. Pensemos, por ejemplo, en las incomodidades de hacer un viaje de 12.000 Km. en avión. Una máquina voladora nos coloca a esa distancia en 13 horas y nosotros no podemos más que sufrir las consecuencias. Biológicas y psíquicas.
Pero esa tecnología de la que hablo ha permitido que ciertas fantasías, infantiles por poner un ejemplo, se hagan realidad en algunos adultos. Realidad virtual. Hay lugares en los que se fomenta ser otro: Second life, vida dos ¿Por qué tanta gente quiere ser otro? ¿Podemos preguntarnos si esa tendencia natural de huir de quienes somos en realidad ha encontrado una herramienta, a su medida, para realizar dicha fantasía?
El sujeto “decide” a través de su psiqué. Y como acabo de leer al pensador Cornelius Castoriadis: “La psiqué no es un mecanismo racional bien lubricado. Es esencialmente imaginación radical, un flujo perpetuo, de representaciones, deseos y afectos”. La nueva realidad virtual parece que se ofrece como medio y fin perfectos para alimentar ese mecanismo mal lubricado.
Podemos pensar en algunas consecuencias muy llamativas de ese mundo instantáneo, cómodo y potente.
Un banquero virtual le presta dinero a un pobre hombre de Alabama que vive en una casa que se cae. Pero le presta un dinero que dudosamente le va a devolver. Cuando realmente ese hombre no puede pagar su deuda, no importa, porque otro banquero virtual asume la deuda virtual del banco anterior. Y así la tenemos liada. Lamentablemente el hombre de Alabama y su familia no se pueden alimentar de hamburguesas virtuales.
Esa misma huida hace que una joven con lentillas de un muy irreal color afirme a un periódico que tiene 120.000 amistades virtuales pero que en realidad tiene 10 amigos. Y además todo eso lo sabemos porque un periódico de 400.000 ejemplares de tirada diaria me lo cuenta. No reflexiona sobre ello, quizá no es su función.
Observo la tapa de un libro de divulgación sobre filosofía socrática sobre mi mesa y leo las palabras virtud, moderación, justicia, piedad, bien, valentía. A algunos nos gusta reconocer que, a pesar de toda la tecnología circundante, nuestros ancestros nos indicaron ya los asuntos que nunca, como humanos, debiéramos olvidar. La tecnología no parece la solución cuando todavía no sabemos la respuesta a las primeras preguntas. Quizá jamás lo sea.
Eduardo de la Cruz
Psicoterapeuta, Madrid
¿Queremos ser otros?. Solo algunas veces y siempre que sea solo un juego.