El psicoanálisis, balance de un siglo
Publicado en ¿Sabes qué es el psicoanálisis?
Con el centenario del psicoanálisis, se detecta una cierta melancolía, una depresión, síntoma que padece nuestra sociedad. Mientras la histeria dominaba la Viena y el París de hace un siglo, hoy en día es la depresión, como imposibilidad de hacer el duelo, lo que parece también haber alcanzado al psicoanálisis y a sus instituciones.
En los países democráticos, que, por otra parte, han posibilitado el desarrollo del psicoanálisis gracias a la existencia de un estado de Derecho (en oposición a las dictaduras nazis o comunistas, y con la notable excepción de las dictaduras latinoamericanas), parece que cualquier rebelión contra el orden establecido es imposible, de ahí la depresión. En la Austria del fin del siglo pasado, por contraste, con el trasfondo del declive de un imperio cansado, la sociedad vienesa estaba angustiada ante la rebelión expresada en el cuerpo de una mujer que venía a desafiar los modelos tradicionales de autoridad.
Freud, que cuidaba a las mujeres histéricas de la burguesía, va a París a observar el trabajo de Charcot hipnotizando mujeres del pueblo. Se convenció allí del carácter psíquico de esta enfermedad y de la necesidad de un método apropiado para curarla. Allí se inició el psicoanálisis. Con él, el sujeto no está subyugado por la hipnosis o el sonambulismo, sino que es libre de expresarse. Es el descubrimiento de la terapia de la palabra.
Si bien el freudismo nació en el momento del declive del patriarcado, es él quién revalorizó simbólicamente la función del Padre, con la teoría de la familia fundada en el complejo de Edipo. Los primeros freudianos vieneses eran un grupo heterogéneo de médicos, escritores…, de orígenes diversos, en su mayoría judíos, y formaron, en torno a Freud como padre, la primera sociedad de psicoanálisis: reuniones del miércoles (1902), que recordaban al espíritu de la academia platónica. Tenían la sensación de haber descubierto un continente nuevo del pensamiento humano: el inconsciente. Insatisfechos respecto a la psiquiatría, a las ciencias humanas y la educación de su tiempo, desgarrados por los conflictos sexuales, de raza, de identidad, encuentran en las tesis de Freud una utopía: una manera de curar a los hombres de sus sufrimientos. El deseo que los empujaba a comprender a sus semejantes, revertía, a su vez, en preguntas acerca de ellos mismos, su vida, genealogía, etc…
En 1908 se crea La Sociedad de Psicoanálisis Vienesa y, a partir de esta, un verdadero imperio, iglesia que tomó el nombre de Asociación Psicoanalítica Internacional. Fue el final del principio. La primera guerra mundial transforma el paisaje del psicoanálisis; cae la vieja monarquía austrohúngara, los distintos tratados por los que los vencedores humillaron a los vencidos fueron una catástrofe para Europa y contribuyeron a la subida del nacional-sindicalismo. Todo el psicoanálisis europeo se vio obligado a un exilio forzado hacia Gran Bretaña y Estados Unidos. El interés por el freudismo se desplazó a tres nuevas capitales: Berlín, Londres y Nueva York. Los freudianos de Europa se volvieron americanos y lo mismo ocurrió con su doctrina. Vencidos por la historia, felices de haberse salvado de los campos de concentración, intentaron adaptarse a esa América puritana y pragmática que tanto criticó Freud.
Ese psicoanálisis poco tenía que ver con el original, se había convertido allí en una terapia de la felicidad, al servicio del modelo “American way of life”. Triunfaba una tecnología de la adaptación de los cuerpos y de las almas, desembarazadas de cualquier espíritu de subversión. Es este el psicoanálisis que Lacan critica en 1950, intentando desprenderlo del modelo biológico.
¿Vivimos el primer siglo del psicoanálisis o hemos celebrado el único siglo del psicoanálisis? Esta desaparición progresiva del psicoanálisis, por un lado, tiene que ver con el desarrollo masivo de la tecnología medicamentosa, es decir, la psiquiatrización de los fenómenos mentales y, por otro, con un nuevo comunitarismo que rechaza el ideal de integración, que, reactivamente, valora el retorno del sujeto a sus raíces, a su grupo: negro, mujer, homosexual, pero sin relacionar lo particular con lo universal, como hacía el modelo freudiano.
Así se recae hoy en formas primitivas de psicoterapias menores: un retorno a la hipnosis contra el psicoanálisis, a la magia contra la ciencia, cosas que, a su vez, se alimentan de ese “cientismo” farmacológico. Este fenómeno contribuye a la reactualización de un fundamentalismo religioso.
Este comunitarismo hace derivar todos los comportamientos humanos y mentales de un substrato genético-biológico del que el sujeto queda excluido, reducido a un cuerpo mecánico-orgánico.
Extracto de la conferencia de Elisabeth Roudinesco, en el Círculo de Bellas Artes, Madrid, mayo de 1999.
Elizabeth Roudinesco
Psicoanalista, París