Bienvenidos a bordo del boing 707 de la Compañía Air Match.com. El comandante le desea un feliz vuelo…
Es un martes de invierno, ha anochecido hace rato, hace frío en la calle y la idea de instalarme en la cama, con el ordenador portátil para darle al “enter” en esta página de encuentros y pasear por todos esos perfiles, me sigue resultando asombrosamente atractiva.
¿Y cómo no hacerlo? Cómo resistirme a toda la magia que puede surgir cuando, tras una búsqueda –a veces muy larga, eso si-, vuelve a aparecer un perfil que me produce ese hormigueo, esa intriga e ilusión por descubrir quién anda tras esas fotos y esas palabras tan atractivas.
Cómo no dejarme vencer por la tentación de ir a su encuentro, cuando además me brindan tantas herramientas de seducción… el Chat, los mails, la webcam, el teléfono y con ellas, la posibilidad de hacerle llegar lo que quiera de mi: mis mejores y mas sugerentes fotos, la música que escucho, los cuadros que tengo o pinto, videos de mi casa con mi voz seductora de colofón, cartas llamadas mails en las que me esmero en dar lo mejor de mi, con mi estudiada sintaxis, mis ingeniosas metáforas, mi ortografía impecable, mis insinuaciones respecto a mi muy interesante vida, imágenes en vivo en las que todo está premeditado: la ropa que llevo, la luz con la que me ilumino, el fondo de mi figura, la suavidad de mis movimientos…
Solo falta encontrar un buen compañero de juego para despegar. Es decir, alguien dispuesto a hacer lo propio. Y Él, buscando bien, siempre acaba apareciendo. El, con el que inmediatamente sintonizo, con el que surge la empatía en cuatro tecleos, con el que hay –y eso es lo asombroso, teniendo en cuenta que ni le veo- ¡química!
Desde ese momento, bastan unos días de “vuelo virtual” con El para que una vez más, haya encontrado el hombre de mi vida, al que todo –o casi todo- cuento, al que acabo mandando hasta fotos de mi abuela y de mi tía de Galicia, el que es mi mejor amigo para siempre, al que veo guapísimo en cada retrato que me envía, que también es el más comprensivo, el más amable, el más educado, el más galante, el más inteligente…
Y claro, con El acabo hablando por teléfono, aunque para entonces es tanto lo que he invertido en tiempo y en fantasía inventándole, que aunque la voz me disguste, me convenzo de que es la línea telefónica la que no funciona bien, o que sus cuerdas vocales han sido atacadas por algún virus invernal, o peor aún, me digo a mi misma, “bueno nena, nadie es perfecto”. Y es que, a estas alturas del vuelo ¿qué o quién tiene derecho a fastidiarme el viaje? ¿La realidad? ¡Ni hablar!
Claro que, en algún momento hay que aterrizar y el contacto con la tierra, suele ser más que desconcertante. El hombre con el que por fin acabo quedando nunca es El; forzosamente es otro distinto del imaginado y tengo mucha suerte si ese otro me gusta…
Y como no la tenga –que es lo habitual-, queda lo peor… encontrar la manera de despedirme de alguien que no me atrae, pero al que lógicamente, tras compartir tantas horas de “conversación”, ya tengo cariño y al que sin duda echaré virtualmente de menos…
Y con ese desconcierto, una vez mas el vuelo llega a destino… y vuelvo a preguntarme cuántos de estos viajes podemos realizar las personas, en un periodo de un año –que es lo que dura la mayor suscripción en estas páginas- sin perder del todo la cabeza…
Natalie Berthe
Licenciada en Ciencias Políticas