A tumba abierta
Teniendo tres años sus padres se separan, la familia se dispersa, y él se va vivir con su padre. No había cumplido los trece años cuando éste muere.
Diván el Terrible: ¿Empezaste la vida con dificultades… o ventajas? A veces las dificultades se transforman en ventajas, eso que dice la gente, hacerse en la adversidad.
Joselito: En el momento en que me ocurrían me sentía la persona todo lo malo me tenía que ocurrir a mí. Y quizá sea de esos momentos de adversidad de los que más aprendí.
D: ¿Vivía tu padre cuando empezaste a torear?
J.: Él fue mi impulsor. Me llevaba a los toros cuando tenía seis años. La verdad es que me aburría un montón. Él era bastante aficionado, aunque no participó en nada.
D.: ¿Qué son para ti Enrique y su mujer, Adela?
J.: Desde los catorce años, con ellos he estado de día, de noche, en invierno y cuando hace sol. Sus hijos son mis hermanos. Biológicamente no son mis padres, aunque si lo son espiritualmente. Lo más importante es que son mis amigos, puedo confiar en ellos. Con ellos encontré la y la tranquilidad. Tuve la gran suerte, el privilegio de elegir a mis padres, o me eligieron ellos a mí, en cierto modo nos elegimos.
Cuando mi padre se puso enfermo empecé a hacer novillos en el colegio. Por la tarde, en vez de llegar a las seis a la escuela de tauromaquia, llegaba a las tres. Es cuando Enrique empezó a preocuparse por mí. Me preguntó lo que me pasaba, le conté lo de mi padre y se puso en contacto con él. Cuando se puso muy mal, le dijo a Enrique que estaba muy preocupado por lo que iba a ser de mí. “Como torero, no digo lo que va a ser ni lo que no va a ser. Es casi imposible que el chaval sea torero, y si lo es, bienvenido sea. Pero no se preocupe que no le voy a abandonar, voy a intentar hacerle un hombre y que sepa caminar por la vida”. Me fui a vivir con ellos cuando empecé a torear novilladas picadas y me tenía que preparar un poco más a fondo que al colegio.
D.: ¿Te arrepientes de haber dejado tan pronto el colegio?
J.: Aprendí mucho escuchando… Yo no quiero ser un licenciado en nada pero si tener una cultura suficiente para por encima de todo tienes que ser una persona, seas torero, albañil, ciclista o lo que sea. Para que a ti te respeten, tienes que respetar a los demás.
Me interesan muchas cosas fuera del toreo y tengo otras inquietudes Vamos, no soy el típico torero: “toreo, flamenco, juerga”. También me gusta la ópera, ir al cine, a un concierto de música moderna, leer. Lo que sí hago es escribir, cuando un pensamiento me surge y me parece bonito, en cualquier sitio que esté, lo apunto. Me encantaría escribir un libro, aunque no tengo facilidad, ni tampoco estoy preparado para hacerlo…
D.: Ponte de acuerdo con un periodista.
J.: Sí, pero entonces no tiene gracia. No quiero un libro de ordenador, sino de tinta, puño y letra.
D.: En “Joselito, corinto y oro”, Lola Crespo dice de ti: “…hundido en sí mismo, buceando en lo más hondo hasta dar con el secreto o la verdad que le han hecho torero.”
J.: Cuando toreo busco mi origen y me busco a mismo. Tienes que torear desde dentro. Tienes que olvidarte de la cabeza y que sea el corazón el que mande, sacar fuera el alma, los fantasmas y la hondura…
D.: ¿El misterio que te une al mundo?
J.: Posiblemente. Torear es una forma de vivir. Cuando toreo, lo expreso todo y surge lo peor y lo mejor de mí. Lo que intento es que mis sentimientos afloren.
D.: ¿El ser una persona de impulsos depende del toro?
J.: Siempre dependo del toro, soy de los pocos, o bueno, de los muchos, que no llevan nada premeditado. No sé que faena voy a hacer a un toro si no sé como se va a comportar. Pero si mis impulsos dependen del toro, también dependen de mí. Dependen de los dos, sí del estado del animal, pero también de mi estado anímico. Si estoy fuerte por dentro, me autoconvenzo: “Puedes, puedes y puedes,” y muevo montañas. Pero también puede ser lo contrario. Un amigo mío me decía: “Es que hay veces que sales a la plaza y te suspendes”. Salgo siendo perdedor: “No puedes, no puedes”, y no puedo.
D.: ¿Has pensado dejar el toreo alguna vez?
J.: Lo quise dejar dos o tres veces. Soy un perfeccionista. Cuando las cosas no me salían como me las había planteado, los esquemas se venían abajo y me costaba bastante superarlo. Era muy frágil de ánimo, cualquier cosa me hacía mella. Con tan corta edad, lo que me horrorizaba era perder el tiempo, no saber hacer otra cosa que torear y no como yo quería. A veces pensaba: dejo de torear, me pongo a estudiar, a trabajar, a hacer cualquier cosa… pero luego recapacitaba.
D.: ¿Enrique te animó?
J.: No, lo que me decía siempre es: “José, duérmelo. Medita las cosas y duérmelas. Si mañana dices que no, no hay ningún problema, te pones a estudiar, a trabajar o lo que sea. Pero duérmelo.”
D.: Tu fragilidad puede proceder de la niñez.
J.: Puede ser. Me afectan mucho las cosas. Por ejemplo, a los veinte años, tenía una corrida importantísima para mí en Bogotá, la corrida de la prensa. Antes de la corrida, estaba en el hotel, haciendo zapping en la televisión y de pronto veo unas imágenes de una película en inglés, que no entiendo. Era “Romeo y Julieta”. Aquello me emocionó. Me quedé prendado. Llegó mi mozo de espadas para vestirme, pero no pude hacerlo hasta que no acabó la película. Al terminar esta, me invadió la tristeza. Enrique, me preguntó: “¿Qué té pasa? Tienes mala cara.” Me daba vergüenza decirle que estaba así por la película y se me ocurrió decirle que la comida me había sentado mal. La cuadrilla estaba preparada y yo con “Romeo y Julieta”, y en el burladero igual. Salía el toro de los chiqueros y me preguntaba: “¿Cómo puede ser esto? Tienes veinte años, sale un toro, te vas a jugar la vida, y tú triste, pensando en una película. Ni sabes lo que han dicho, ni sabes qué es y, simplemente por las imágenes y los gestos, te ha impresionado tanto, que estás aquí, completamente ausente.”
D.: Una historia de amor imposible… Sigamos. Dices : “El toro es un caballero arrogante, (…) es un animal elegante y sincero que va a morir o matar. Cuando estoy delante de él, es un enemigo cuyo cometido es cogerme y destrozarme, como el mío es evitarlo y hacer arte mientras lo evito. Es mi amigo por todo lo que me ha dado y porque me pone a prueba.” ¿El toro es tu amigo y tu enemigo al tiempo?
J.: Es mi amigo y es mi enemigo, porque en algunos momentos me hace pasarlo muy mal. Me lo puede dar todo, me lo puede quitar todo.
D.: ¿Es una parte de ti mismo?
J.: Quizá el animal que uno lleva adentro, en mi caso sea el toro. Con él puedo encontrar mucho de lo que soy. Cuando estoy toreando y estoy despojado del miedo, dejo salir mi creatividad, me fundo con él, no siempre es así, pero en los momentos mágicos, sí que me fundo. En esos instantes, no siento nada de mí, estoy totalmente despojado de… casi, casi, la condición humana. Me dejo llevar y simplemente surge algo que desconozco. Son mis brazos, mi cintura, mis muñecas, mis piernas que “aquello” lo mueven para aquí y para allá, pero no es mi mente la que está pensando. Yo sé dónde estoy y lo que estoy haciendo, pero no estoy poniendo mi cerebro. Ahí es dónde disfruto.
D.: ¿Es tu inconsciente el que torea?
J.: Es el alma lo que aflora. Paro la calculadora que es el cerebro, le digo hasta aquí has llegado, no pienses en el sitio, cállate y déjame un poquito estar… Lo que pasa es que lo racional le deja hacer tan poquito a lo otro… Desde que he empezado a torear he conocido estos momentos mágicos y no se los cambio a nadie.
D.: A los dieciocho años recibiste en Madrid una tremenda cornada en la garganta.
J.: Y me quedé dos meses sin poder torear, ni siquiera de salón, simplemente caminaba y en mis soliloquios de andar, me decía: “José, ¿qué pasa, quieres verdaderamente lo que estás haciendo? Este no es tu toreo, desde bien niño era otro camino el que habías elegido, tu ilusión no iba por ahí.” Había esa lucha interna: cuando vuelva a aparecer, si no me comporto en la plaza como antes, la gente va a pensar que me he venido abajo, que me he “rajado”, y si sigo como antes, mi interior no está a gusto conmigo mismo. Y entonces opté por mi interior. A partir de ahí, volví a ser lo que siempre fui.
D.: Lola Crespo habla de tu hambre de miedo. La angustia, el miedo, es algo que no podemos apartar de nosotros mismos, pero que también nos lleva a la creación.
J.: Sí, claro. El arte surge de los altibajos. Los artistas, son miedosos y a la vez valientes. A veces, por no verlo claro, por no sentir bien aquello, pasas mucho miedo. Yo he pasado muchas angustias. Cuándo empecé a torear, cada vez que tenía que subir un escalón, pensaba, no soy capaz, poco a poco me iba volviendo más seguro, pero siempre con ese temor de ¿qué ocurrirá en el próximo paso que vaya a dar? Llevo quince años de matador de toros y voy a afrontar una temporada nueva con esa idea de “no soy capaz”. Siempre he sido una persona que me he comido mucho por dentro por eso, por incertidumbre de no ser capaz de torear como a mí me gusta.
D.: ¿Por falta de confianza en ti, o en el entorno, o en lo desconocido?
J.: En mí, más que en el entorno. Soy una persona que a la vez confío y desconfío mucho. Pienso que soy el mejor, y a los dos minutos que no valgo para nada. Esa lucha interior que llevo siempre dentro me hace por una parte ser creativo y a la vez ser más responsable e intentar buscar la suerte. Ese sí y no, no y sí, es lo que me hace evolucionar. Siempre estoy a prueba conmigo mismo.
D.: ¿El toro te somete a prueba?
J.: ¡Es que es mi vida! Sin quererlo es mi vida. Es la forma de expresarme y de sentir, y en definitiva es mi forma de vivir. Es verdaderamente lo que siento. Estoy en lucha conmigo mismo desde que me levanto hasta que me acuesto. En la plaza, conmigo y con el entorno. Si hay un torero que es valiente quiero superarlo, si es artista, igual, en mi forma, pero quiero superarlo.
D.: ¿Qué es para ti ser valiente?
J.: Cuando existe la incertidumbre. Sabes que el toro tiene dos opciones, o la muleta o tu cuerpo. Yo le digo, bueno en voz alta no, pero se lo digo: “Toro, o la muleta o mi cuerpo, tú eliges. Te ofrezco mi cuerpo: o pasas o me llevas.” Ahí es cuando se es valiente.
D.: Tienes mucho dinero, ¿cuatro mil millones de pesetas?
J.: ¡Hombre! No. Pero cuatro mil millones de ilusiones que tenía y que he realizado con el toreo, eso sí. Mi ambición es espiritual. Soy una persona intentando entender la vida, encontrar un bienestar que no sé cuál es. Me voy preparando para la muerte.
D.: ¿Cómo quieres morir?
J.: Como mi abuelo, muy viejo durmiendo en la cama.
Pierre Arnouil, cronista taurino, y Marie-Ange Lebas-Royer, psicoanalista