Juan José Millás
Publicado en Entrevistas
Juan José Millás es un escritor “de éxito”. Novelista, reportero, columnista… Cuando tenemos esta charla con él, acaba de salir su libro sobre Nevenka Fernández, del que en pocos días se vendieron miles de ejemplares. Millás, como todos los escritores, cuenta historias pero, sobre todo, se mete en las historias, trata de desvelar algo de lo que hay más allá de lo que parece y aparece. Un lugar y un punto de vista que interesa y mucho a una revista de psicoanálisis. Y que también, dado su gran número de lectores, parece que interesa –y mucho– a la sociedad.
Diván: Cuando se hace una entrevista a alguien conocido se pretende sacar algo más allá del personaje, algo del “otro”. Tu nos tienes acostumbrados a través de tus escritos, reportajes, novelas, columnas a mostrarnos a ese “otro” que vive en ti y que se escapa al armario, se mete en el bocadillo de mortadela… Podríamos empezar preguntándote ¿en cuál de ellos te reconoces más?
Juan José Millás: Yo creo que me reconozco en el juego de los dos porque ninguno de los dos tiene sentido sin el otro. A mí lo que me gusta es ir de uno a otro, estando a veces el de dentro fuera y otra vez el de fuera dentro, y ese juego, que siempre resulta sorprendente, es el que me gusta.
D.: Pero, ¿tiene que ver con un meterte en la piel del otro o es un desdoblamiento de tu personalidad?
J. J. M.: Es un desdoblamiento más retórico otra cosa. Lo que sí es cierto es que no se puede acceder a ese recurso retórico si no sientes ese desdoblamiento. Pero es un desdoblamiento controlado.
D.: A propósito de ese desdoblamiento, con ese trajín que te traes viviendo entre tantos “otros”, cualquier aficionado al mundo “psi”, psiquiatras, psicólogos o psicoanalistas y, sobre todo, cualquier manual de psicopatología americano, como el DSM, podría clasificarte como un esquizofrénico. ¿Crees que la escritura te ha servido para no enloquecer y para vivir tus locuras a través de esos personajes?
J. J. M.: La escritura desde luego es un modo de entender la realidad. Se escribe por las mismas razones que se lee. Se lee para comprender el mundo y las diferencias entre el lector y el escritor son muy escasas. El lector lee porque hay algo que ningún otro discurso le explica, porque ningún otro discurso le da las respuestas o le proporciona las preguntas que le aporta el discurso literario y se escribe por las mismas razones.
Cuando tú escribes, la página en blanco funciona como una especie de espejo que te devuelve una imagen articulada de ti mismo. Pero fíjate que la cuartilla es un espejo de dos caras y en una de las caras se mira el escritor. Cuando yo escribo, lo que siento es que yo, en mi vida normal, me siento desarticulado. Si yo contemplo mi biografía no la veo, como la mayoría de las personas, como una sucesión de hechos cronológicamente ordenados sino como una serie de fragmentos que no están sometidos a unidad. Cuando me miro en la página, cuando escribo, toda esa sensación fragmentaria se somete a unidad. Bueno, pues en la otra cara de ese espejo que es la página se mira el lector, y al lector le ocurre lo mismo: el mundo es aparentemente fragmentario, caótico, no hay diferencia entre lo necesario y lo no necesario.
Y ¿qué le devuelve la escritura al lector? Le devuelve un mundo ordenado puesto que la escritura, de ser algo, es una representación de la realidad pero es una representación de la realidad digerible porque la realidad no nos la podemos meter en la cabeza como nos metemos una aceituna en la boca. La realidad siempre llega a través de intermediarios simbólicos y la escritura es un intermediario privilegiado. Entonces el lector, cuando es una obra literaria, ve la realidad, ve el mundo articulado, unitario, limitado, cosa que no ocurre cuando ve la realidad a secas.
D.: Pero, cuando acabas de leer, el mundo sigue siendo tan fragmentado, tan caótico…
J. J. M.: Sí pero la información que tienes de él ya no es así. En definitiva, para entender para qué sirve la literatura no hay más que ir a los orígenes remotos de la literatura, al cuento de la tradición oral. Vosotras conocéis muy bien a Bruno Bettelheim que explica que la función primordial del relato era ordenar el mundo, no era otra, incluso dar un sentido a la vida. El sentido es una construcción, todos lo sabemos, pero es una construcción necesaria. Del mismo modo que el relato popular de la tradición oral, cuando se reunían alrededor del fuego, transmitía a las gentes que escuchaban una información preciosa sobre el mundo en que vivían, pues la literatura hoy no cumple una función muy distinta, la literatura funciona como representación de la realidad y, por eso, cuando uno lee una buena novela es más sabio que antes de haberla leído, aunque no sepa porqué. El conocimiento que se adquiere con el discurso literario no es cuantificable como el que se adquiere con el discurso científico, pero uno es más sabio, sabe más sobre la realidad en la que vive, aunque esa realidad sea evidentemente una construcción.
D.: Curiosamente, tus personajes son muy reales, forman parte de nuestra vida: padres de familia, ejecutivos ambiciosos, oficinistas, amas de casa… y tú, con tu mirada sobre ellos, rompes esa apariencia que tienen de equilibrio y lo que nos muestras es la vaciedad en que están, la soledad en que se mueven, la precariedad de sus vidas, el desequilibrio de la convivencia. De alguna forma desenmascaras algo de nuestra propia identidad. ¿Tiene algo que ver esa mirada particular que tienes con tu cercanía con el psicoanálisis?
J. J. M.: El siglo XX no se puede explicar sin el psicoanálisis, el psicoanálisis lo ha contaminado todo, no hay ningún área del conocimiento humano que el psicoanálisis no haya contaminado.
Pues si ha contaminado todo, ¿cómo no va a haberme contaminado a mí? Es evidente que el siglo XX no sería explicable sin el psicoanálisis, no lo serían sin él ni la literatura ni la pintura ni la ciencia… A mí me gusta mucho partir de situaciones que son muy familiares, muy reconocibles para, de repente, lanzar sobre ellas una mirada de extrañeza, para conseguir que el lector se extrañe de esa realidad tan cotidiana después de que yo me haya extrañado. En definitiva, lo que yo intento es producir esa sensación de lo siniestro en el sentido freudiano, que aquello que es tan familiar al mismo tiempo te resulte tan extraño porque en ese momento lo familiar adquiere también su significado. Si lo familiar no se convierte en extraño, no tiene significado ninguno. Esa mirada tiene que ver con esa necesidad de que lo cotidiano hable porque los objetos hablan y la vida habla, pero habla si consigues hacerla hablar y si consigues saberla escuchar. Yo creo que cuando un escritor consigue transmitirle al lector, si se lo ha transmitido previamente a sí mismo, esa sensación de extrañeza frente a algo cotidiano, está consiguiendo que eso cotidiano le diga cosas que no le había dicho hasta entonces.
D.: Una de las preguntas que mucha gente se hace es por qué te interesa tanto escribir desde el lugar de la mujer, meterte de lleno en ella como en el caso de Ella imagina y en otros o por supuesto, en tu último trabajo sobre Nevenka Fernández, en el que te sumerges y acompañas el sufrimiento de una mujer. ¿Qué pasa, que te llevas mejor con tu parte femenina?
J. J. M.: La verdad es que yo no tengo respuesta para esto. Hay veces que cuando empiezo un relato el olfato me dice que el punto de vista desde el que debo contarlo es femenino y eso ha ocurrido en La soledad era esto y quizás en un par de novelas mías más y en muchos cuentos y, por supuesto, en el libro sobre Nevenka Fernández, pero yo no tengo una explicación.
De todos modos, también es verdad que sorprende más cuando esto lo hace un hombre que cuando una mujer escribe desde un punto de vista masculino, que casi parece natural. Porque, curiosamente, a las mujeres que escriben con protagonistas masculinos, que es algo muy común, no se les hace esta pregunta.
Y por otra parte esta pregunta se hace como si fuera algo nuevo, cuando las grandes heroínas de la literatura universal han salido de plumas de escritores, Ana Karenina o Ana Ozores o Emma Bovary, por citar unas pocas. Se pregunta como si fuera algo anormal, sobre algo que es absolutamente convencional y para lo cual yo no tengo respuesta. Porque, además, cuando me hacen esa pregunta: ¿cómo has conseguido colocarte desde un punto de vista femenino?, me resulta como si me preguntaran: ¿cómo has conseguido hablar desde la cabeza de un marciano? Y claro yo creo que las mujeres no son marcianos, y que entre los hombres y las mujeres hay más cosas en común que las que tenemos como diferencias. No es para mí el resultado de un proceso racional, a veces el olfato me dice que le viene mejor un punto de vista femenino y entonces trabajo desde ahí, pero sin saber muy bien por qué.
D.: Un escritor como tú tiene un recorrido corto, el del artículo o la columna, y un recorrido largo, el de la novela o el reportaje o el ensayo ¿En qué espacio te sientes más cómodo, si es que hay algún espacio literario en que se sienta uno más cómodo que en otro? La respuesta literaria a los acontecimientos más inmediatos ¿es en alguna medida un obstáculo para la mirada más lejana, más de fondo?
J. J. M.: Para mí, son territorios complementarios. Yo no siento que uno estorbe a otro. Son amores distintos y en cada amor encuentras una cosa que no encuentras en el otro. A mí me gusta mucho el periodismo, me gusta cada día más, y me gusta mucho el reportaje y me gusta mucho escribir novelas pero no siento que sean territorios que sean incompatibles para nada. La frontera entre el periodista y el escritor es algo artificial, lo que ocurre es que está más valorado el escritor que el periodista por una cuestión romántica: el escritor aislado… A mí me cuesta concebir un escritor hoy día cuyo único vínculo de la realidad sea a través de sus novelas. Si yo me tuviera que levantar de la cama solamente para escribir novelas, no me levantaría, me daría un agobio tremendo.
Precisamente lo que me parece excitante es dedicar cada rato de la jornada a una cosa; me gusta escribir el artículo, me gusta hacer un reportaje cuando me lo peleo, porque hay reportajes que hay que peleárselos mucho, y me gusta, cuando me meto en un proyecto novelesco, dedicarme por entero a esa novela, pero no siento que sean excluyentes para nada, con independencia de la consideración social que tengan.
D.: ¿Podrías hablarnos algo de tu experiencia analítica, de su influencia en tu escritura? Esa búsqueda tuya de esos otros lados de la realidad que normalmente no se abordan ¿tiene algo que ver con tu experiencia en el diván?
J. J. M.: Qué puedo yo decir aparte de que la experiencia del psicoanálisis es muy importante y que en cierto modo te cambia la vida ¿no? Hay una novela mía que es paralela al primer año de mi análisis, que es La soledad era esto. Leído desde ese conocimiento, yo creo que el libro adquiere un significado especial.
Pero, de todas formas, yo creo que no hay que relacionar directamente unas formas determinadas de pensamiento con el psicoanálisis. Y además creo que hay el peligro de caer en un vicio, desde mi punto de vista nefasto, que es el de la sobreinterpretación. Creo que hay que ponerse límites en la sobreinterpretación, que se parece mucho a la religión en la que todo significa algo, todo está escrito. Yo creo que habría que dejar que circularan los hallazgos del psicoanálisis con más naturalidad con la que los dejamos circular. Porque, además, en cuanto uno hace una asociación que procede de la cultura en que uno vive, enseguida señalan la influencia psicoanalítica, incluso lo señalan como una acusación. Y esto lleva a esta bola de la sobreinterpretación que es nefasta desde mi punto de vista.
Manina Peiró, psicoanalista, y María Unceta, periodista, Madrid
6 de Abril, 2007 - 20:19
¡Fantástico Millás! Cuanto más lo leo, más me sigue sorprendiendo. Sabía que el psicoanálisis era uno de los pilares de Millás, pero no sabía que se había sometido a un análisis personal. Siempre se aprende algo nuevo en este blog. Os animo a seguir preguntando a escritores cuál es su relación con el psicoanálisis. ¿Qué tal Julián Ríos para una próxima entrega? Hasta luego.