Canciones para después de una guerra

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Nunca he sabido explicar con palabras por qué y para qué se realiza una película, cómo se selecciona su contenido temático, a qué obedece la obsesión por profundizar hasta sus últimas consecuencias, como una necesidad interior de comprender. O cómo y con qué razón fueron haciéndose cada una de mis películas. Dentro de esta extrañeza quizás Canciones… sea una de las más atípicas invenciones que haya realizado: desde el principio fue haciéndose casi sola, con extraña personalidad propia, no sólo por sus formas nuevas sino por sus contenidos.

Yo malviví, o quizá bienviví aquellas especiales circunstancias históricas de mi infancia, ajeno a su extrema fatalidad histórica de hambres, miedo, represión, muerte, angustia. Disfruté el privilegio de una niñez bien arropada por una determinada familia católica, una ciudad satisfecha, a pocos metros del palacio episcopal desde donde el Caudillo dirigía la Cruzada, lejos de las zonas bélicas de la mayoría del país, ignorando sobre todo el terror de la capital de España, con la que no sé por qué mala conciencia he intentado congratularme especialmente, y a la que me veía necesitado de homenajear.

El estudio posterior de la posguerra fue para mí  una catarsis nacida de una extraña complicidad, tratando de comprender aquella sabiduría del pueblo para asumir la barbarie con aquel temple que proclamara Unamuno ante el más desquiciado militarismo de Queipo en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca: “Venceréis porque tenéis la fuerza, pero no convenceréis porque os falta la razón”. Era una provocación sorprendentemente vital, un pacto implícito de dignidad consigo mismo: saber reservarse y resistir contra la humillación, superando la tristeza y el pesimismo. Era como volver a ponerse a cantar el No pasarán, desconcertante y eufórico pasquín de la resistencia.

Quizás la historia de la humanidad no sea sino una sucesión de posguerras, es decir de desajustes y esfuerzos por que vuelvan las aguas a su cauce. Recuperar la normalidad sobre los destrozos de la irracionalidad. En esto consistió también nuestra posguerra y sus malabarismos para subsistir. Yo no había llegado a ser consciente de aquella sucia impostura represiva frente al esfuerzo de continuar viviendo. Y me excitaba aprovechar la oportunidad de poder ensayar con este trabajo esa capacidad expresiva y lúcida que intuimos en el cine para conectar con el subconsciente, más allá de ser utilizado como soporte para narrar historias novelescas mediante la composición de imaginerías convencionales.

Cuenta Proust en sus Ensayos literarios cómo desayunando su té al introducir la magdalena en el paladar sintió un estremecimiento con olor a los geranios y al azahar de los veranos de su infancia. He ahí la clave de esta película, como un juego de alcances todavía no suficientemente explorados: provocar sensaciones, ritmos internos no frecuentes, mezcla de imágenes y sonidos, de campos semánticos incluso opuestos, que exciten nuestros sentimientos y exploren en el subconsciente tan desconocida riqueza de vivencias, emociones y signos insospechados. Ha sido, de entre todos cuantos trabajos haya podido realizar a lo largo de mi ya larga trayectoria como realizador de cine, el más gozoso, el más pleno y gratificante, colmado además por la recepción calurosa, enormemente cordial de un público entusiasta de jóvenes, viejos, hombres y mujeres, progresistas o conservadores. Y se trataba de canciones tenidas como vulgares, incluso de mal gusto, o cursis, o con olor a sacristía, aparte de las más agresivamente patrióticas. Trabajamos a nuestro aire, con arriesgada y feliz libertad, al margen de las normas habituales del mercado, de la censura, de lo “sensato”.

Una experiencia difícilmente repetible. No debe haberse representado nunca un inimaginable Cara al sol, tan absurdo como expresivamente eficaz. La realización de Canciones para después de una guerra respondía a aquella necesidad visceral de independencia y de provocación: hacer sencillamente aquello que nos apetecía, manipulando tan elementales materiales de derribo obtenidos como podíamos. Se trataba de suplirlo todo con ingenio, creándonos un pleno estado de libertad aun en aquellas circunstancias, huyendo del masoquismo que implicaba entonces ejercer un oficio tan sometido, inventando sin prejuicios ni límites. Sobre todo liberándonos del pesimismo que nos había lastrado.

En Canciones… queríamos que se volviese a revivir aquella posguerra muy señalada por los cambios de costumbres y usos: los inicios de una nueva sociedad de consumo, las primeras ventas a plazos, los conflictos de una circulación nunca prevista, el final de unos gustos estéticos en los edificios o en el mobiliario. Era el comienzo de una modernidad vacilante, con restos todavía del art decó. Y aquella propensión a vivir a lo loco, total para qué, salud, dinero y amor, las medias de plástico… Y por otra parte la sublimación de la idea del imperio, por rutas imperiales que encontró en productoras como Cifesa su adecuación mediática. El apogeo de la radio con los seriales, los concursos, la gran época de la nueva publicidad, el No-Do. Y al mismo tiempo el patriotismo junto a las canciones canallas, mujeres enlutadas buscando por todas partes a sus hombres que ya nunca volverán, la bien pagá de las mancebías con las calles llenas de hambrientos entre mujeres y niños haciendo cola para recibir el socorro de Auxilio Social. Las imágenes y los sonidos engarzados tiran unos de otros como cerezas que se complementan. Aquellos cantares tan alegremente tristes. Tiempos de sobrevivir, de sobreponerse a la oscuridad, al miedo, al vacío. El extraño surrealismo de la vaca lechera, tolón, tolón, con sus quesos, con sus besos, que inundaba los patios de ondas radiofónicas, o las casitas de papel en medio del silencio, aquel aturdido silencio, de tanto callar. Rascayú cuando mueras qué harás tú, se vive solamente una vez, para qué te vas a preocupar.

Nos valía cuanto encontrábamos en el rastro o en los desvanes: juguetes, tebeos, un devocionario infantil, los libros escolares, álbumes de cromos, programas de cine. Y fotos, miles de fotos, de cinematón de familias, de grupos de amigos, de parejas, de bodas, curas. Ferias, primeras comuniones, mujeres enlutadas. Las comprábamos en el rastro, en los fotógrafos de pueblos perdidos, se los pedíamos a los amigos. Recuerdo aquel verano feliz: tenía a la familia en la Costa Brava, me cargaba los viernes con una maleta de discos antiguos y de paquetes de fotos, con una lupa, en un tren nocturno, y me pasaba el sábado y el domingo analizando gestos, formas de vestir, oyéndoles cantar a la vez. Y llegaba el lunes al montaje pletórico de felicidad, a darle forma a aquel depósito de ideas que traía en la cabeza. Y a medida que montábamos la película nos íbamos dando cuenta de que estábamos manejando esa sustancia delicada e incontrolable de los sentimientos, quizás la parte más quebradiza y delicada de nosotros mismos, y de muchos otros, casi siempre víctimas, a quienes podríamos hacerles daño, o reabrir viejas cicatrices. Parecía como si aquel material delicado pudiera estallarnos en las manos.

Después, lógicamente llegó el momento de volver a encontrarnos dentro de otra realidad, otro juego menos apasionante, aunque tampoco dejaba de excitarnos. Aprendí cuando estudiaba letras aquel lema latino “con una mano hacía el trabajo, con la otra tenía que mantener la espada para defenderlo”. Tuve que esconder, casi enterrar, el negativo para que no lo hiciera desaparecer la policía. O los buitres del dinero que se nos echaron encima.  Seis años de prohibición. Ministros y altos gobernantes llevaban a sus señoras a escondidas a disfrutar en los Ministerios de la película que consideraban perniciosa para los demás y a la que negaban hasta su existencia legal a quienes nos la solicitaban desde Hollywood. Resultaría cruel recordar sus nombres y lo que dejaron escrito en los informes que conservan los archivos. Algunos otros nos defendieron con asombrosa nobleza. Es una historia que está sin escribir. La acogida de la película cuando pudo estrenarse nos desfasó. Yo creo que la sociedad española de aquel momento estaba esperando esta escenificación del reencuentro en la llamada transición. Vino a ser otro factor de normalidad, de abrazo entre gentes de pensamiento contrario. Recuerdo aquella euforia en el vestíbulo del cine de estreno, entre personalidades significadas de ideas hasta entonces incompatibles. Parecía haber llegado al fin ese día largamente esperado. Fue el momento oportuno. Un periódico publicó en la portada que la película estrenaba libertad. Una afirmación un tanto grandilocuente, pero creo que en cierto  modo significativa por las circunstancias que la hacía emblemática. Artículos, ensayos, editoriales, reportajes. Luego las colas de los cines con la reventa de entradas, durante meses y meses, coloquios, las llamadas generosas de la  gente desconocida.

La película fue para mí, sobre todo, un acto de comprensión y de conocimiento. Me atrevería a decir que un acto de amor y de homenaje a las víctimas por excelencia, los inocentes más inocentes. Alguien escribió en un  hermoso  trabajo periodístico sobre el protagonismo de los niños que aparecen subrepticiamente, como un grito callado, como una apelación, como una protesta moral: el niño solo que no encuentra quién le acoja, los aparcados harapientos en la acera del metro esperando a que pase una camioneta de recogida, los que nos miran detrás de las rejas, los que untan pan en no se sabe qué puchero en plena calle, los que cambian cromos, los que escuchan asustados a un sacerdote, los que comen ansiosos en un Auxilio Social, las buenas niñas instruidas, los escolares que no entienden la historia de España, los que miran con ojos enormes en las ferias. Y me resarcía de no haber conocido antes todo aquello desde mi posición de niño de derechas que disfrutó de otros ambientes, entre los vencedores. De ahí quizás aquella necesidad de añadirnos al final en los títulos de crédito, vestidos con  nuestros auténticos trajes de primera comunión, junto a los juguetes de lata con los que nos compenetrábamos, mientras que parte del país esperaba que se fuera el caimán. Había llegado del exilio, por entonces, el niño Juan Carlos con que termina la película, mirándonos a todos con no menos cara de perplejidad.

Hoy la película la solicitan los grandes museos del arte. Actualmente se proyecta de modo permanente en los espacios que dedica el museo Reina Sofía al Guernica, como un latido vivo de aquello.

Walter Benjamin nos sorprendió descubriendo cómo la mayor compensación de un músico, un pintor, un poeta… o un director de cine, no viene de las posibles gratificaciones económicas ni de la exaltación de su ego, sino del simple goce y disfrute de realizar una obra que conecte satisfactoriamente con el sentir de sus semejantes.


Cineasta, Madrid