De un modo muy general, se puede decir que la creación consiste en la producción de lo nunca visto, oído, dicho, hecho, escrito… tanto por los demás como por uno mismo. Es un ir un poco más allá de lo conocido. Es atrapar mediante las redes simbólicas e imaginarias algo de lo real que hasta entonces existía como desconocido, o también hacer existir lo inexistente. Hacer conocido lo desconocido, hacer logos del caos, que para nosotros tiene la inmensa resonancia con el hacer consciente lo inconsciente.
Poner palabras donde había silencio, pero palabras que no eliminen el silencio, sino que lo contorneen dándole forma. Poner imágenes, esculturas, arquitecturas donde había vacío para hacerlo habitable. Poner sonidos que dan ritmo al tiempo para sacarlo de la monótona y angustiante eternidad. Hacer algo hermoso y, por tanto, bueno, con lo inevitable.
Levi-Strauss decía que lo bueno es aquello que da que pensar y el acto creativo da que pensar porque conmueve lo establecido hasta el momento. Un acto creativo no es lo mismo que una obra de arte. Para esa calificación se requieren condiciones sociales, económicas, históricas, técnicas… que no confluyen siempre sobre los pequeños actos creativos de cada cual. Un lapsus puede ser un acto creativo si el que lo comete está dispuesto aprender de él todo aquello que le pueda enseñar sobre sí mismo, que le es propio y desconocido a la vez, pero no es una obra de arte. En ese sentido, lo creativo es subversivo. Nuevas soluciones a viejos problemas.
Propone lo contrario de la neurosis, que consiste en encontrar muchos problemas a cada solución posible. La creación puede estar emparentada muchas veces con la ficción, sin la cual la vida sería insoportable. Y a través de la ficción se pueden encontrar soluciones prácticas a problemas concretos, pero conviene no confundir realidad y ficción. Se puede decir que la locura consiste en confundir esos dos términos y esa confusión acarrea confusiones nefastas. Por ejemplo, en Cataluña se acabade publicar un libro con poemas de presos. Uno de esos poemas habla del asesinato de una mujer a manos de su marido y a base de sillazos. Se monta un inmenso revuelo y la Generalitat retira el libro del mercado y pide disculpas por la publicación. Es evidente que matar es un delito que hay que juzgar y castigar, pero ¿es un delito hablar de matar? Si se prohíben las palabras, se acaba prohibiendo el pensamiento y sin pensamiento no se puede hacer nada bueno. Confundir ficción con realidad es una locura, como lo es confundir el deseo con su realización. Hay cosas que no se pueden hacer, pero sobre esas cosas se puede hablar, pensar, escribir. En estos tiempos de lo políticamente correcto, lo “light” lo “cool”, lo postmoderno, la ficción que no sea tecno-biocientífica es considerada peligrosa. ¡Qué paradoja! No todos nos estamos volviendo locos, pero la Generalitat… Malos tiempos estos en los que las instituciones públicas, en vez de potenciar la creatividad, la coartan para no perder unos míseros votos. Reempieza por secuestrar publicaciones “inconvenientes”, se sigue por quemarlas y se acaba quemando a los autores. Ya lo dijo Kipling con su creativo ingenio: Se empieza por matar a la madre y se acaba por no saludar al vecino.
Carlos Farrés
Psicoanalista, Palma de Mallorca