Del desamparo al arte jondo

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Hay una suerte de creatividad que consiste en trasformar el desamparo que se aloja en todo ser humano en cante, ese que llamamos Cante Jondo.

“Jondo” viene de “hondo” con el acento andaluz y se utiliza para designar un arte que se arranca de lo más profundo de las entrañas del alma.

Al hablar de cante y de baile jondos, no me refiero a cualquier baile o cualquier cante, sino a aquellos “palos flamencos” que provienen de la “infinita negrura de la noche”.

En el terreno de la hondura nadie se divierte.

El cante jondo es un quejío. La palabra “quejío” cuya raíz es queja está, más cercana del lamento y del grito. Es llanto del alma pero también incluye la dimensión de grito de socorro. En la lengua alemana Hilflosigkait no solo significa desamparo, sin recursos, desvalimiento…es además una palabra que se usa en la vida cotidiana para pedir auxilio y socorro, es decir es grito, es una llamada.

Así como del bebé, pasto del hambre, del calor, del frío y del cansancio, de sensaciones corporales que le inundan-, surge el grito, de la misma manera el “quejío” del cante se abre paso, desgarra el cuerpo, y resuena en el silencio.

“¡Arráncate por soleás!”…se dice, por ejemplo, animando al cantaor o a la bailaora en la lengua gitana. La literalidad del lenguaje da cuenta de la dimensión traumática, del esfuerzo que implica arrancarse hacia lo viviente y el “quejío” es una brecha en ese magma de sensaciones donde lo físico y lo psíquico están indiferenciados, interior y exterior fundidos.

“Viene del primer llanto y el primer beso”. Dice García Lorca

Lo “jondo” se canta en el filo del grito antes de hacerse palabra, resuenan sus profundos sonidos negros de un penar infinito: cante del dolor de haber nacido y el cantaor se entrega a “la pena negra”, como dice Camarón. Lo jondo canta y baila por esa trenza de vida y de muerte por donde asomará un sujeto.

Podríamos decir:” Al principio era el grito”. El grito del bebé, diría, es cante jondo, jaculatorias repetidas del dolor de ese tiempo de desamparo y de soledad infinita.
Freud dice que el grito, al hacer trazo, hace nacer al ser. Desprende de la noche orgánica del dolor y del placer al niño para arrastrarlo hacia fuera: hacia el otro que escucha esos sonidos. Experiencia temprana de peligro ante el posible desvanecimiento y la propia desaparición frente a la amenaza de la ausencia del Otro.

Ir al encuentro del desamparo para echarse en sus brazos. Salto mortal hacia el otro, borde abismal donde se arriesga también el cantaor en su voz y la bailaora en su movimiento.

El cantaor arranca la voz del cuerpo, en ese grito solemne, llanto íntimo que llega al extremo del dolor y del amor. ¿O podríamos decir que es la voz la que al desgarrarse del cuerpo hace nacer al cantaor?

La Mujer en el cante jondo, sigue Lorca, se llama Pena. Pena se hace carne, toma forma humana, “es una mujer morena que quiere cazar pájaros con redes de viento”, dice el poeta. También Pena es la bailaora. Una voz la rapta de su esencia dormida, insuflando movimientos en su cuerpo, ella se arranca, se abandona, se entrega al desamparo lanzando su cuerpo al vacío. Se ofrece sin garantías previas: posición donde el sujeto abrazo el riesgo máximo.
Su cuerpo se va animando dibujando trazos en el aire, poniendo en escena ese dificultoso paso a la vida, desde ese punto tan cerca del dolor y de la muerte donde el amor la reanima. . Repite y re-crea formas que nacen y mueren indefinidamente. Dice Cocteau:”Un fuego que se empeña en morir para renacer, ese es el estilo flamenco”

“El cante o plantea un hondo problema emocional, sin realidad posible, o lo resuelve con la muerte, que es la pregunta de las preguntas”, la terrible pregunta que no tiene contestación: Podemos decir que Lorca, en lo jondo del cante, capta esa indefensión radical del ser humano frente al enigma del deseo del Otro. Es así como lanzamos nuestras primeras amarras al Otro, en un salto mortal sin red, desprendiéndonos con dolor hacia el deseo. ¡Ays! profundos del cante repetidos a un Otro tan omnipotente como opaco y oscuro al que el sujeto se entrega sin remedio

Y porque todo ser humano está marcado por ese desamparo estructural, cantar y bailar el desvalimiento originario, lo jondo, es arte sublime que trasciende las fronteras de la estética, las modas, las referencias culturales, y los tiempos.

Cristina Fontana
Psicoanalista, Madrid

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