Risa, sueño y poesía
Publicado en Creatividad
Freud trató del arte desde el interior del psicoanálisis. Esto impone sus limitaciones a la investigación y a la vez le da su peso. Se negó a hacer una teoría de la creatividad, le parecía una cuestión demasiado inmensa, y se limitó a estudiar la relación entre el placer estético y la técnica que lo proporciona.
Abordó su investigación sobre el placer en la obra “El chiste y su relación con el inconsciente”, en donde buscó, a partir del estudio de la técnica del chiste, de donde viene el placer que éste proporciona. De ahí surge que son los mismos mecanismos que encontramos en el sueño, condensación y desplazamiento, los que se utilizan en la técnica del chiste. Estos provocan un placer debido a la relajación de las tensiones y permiten alcanzar un placer más profundo, cuya señal es la risa.
En su estudio sobre la creación literaria y el sueño despierto, recurrió al ejemplo del juego de los niños: el poeta es como el niño que juega, crea un mundo imaginario cargado de afectos, pero que en ningún caso confunde con la realidad. El punto común entre el juego de los niños y la poesía es que son dos modos de sustitución de la satisfacción, son una respuesta a la insatisfacción.
El juego consiste en una manera de tratar con la ausencia, como lo demuestra el famoso juego del fort-da que se ha mencionado multitud de veces en Diván. El sueño despierto, como la fantasía literaria, son fenómenos de «satisfacción sustitutoria». En la novela, el protagonista es siempre una representación del yo del autor. Normalmente, el soñador oculta cuidadosamente a los demás sus fantasías, de las cuales se avergüenza; si nos las comunicase no nos procuraría placer alguno: nos parecerían repelentes, o al menos nos dejarían completamente fríos. En cambio sentimos un elevado placer, que afluye seguramente de numerosas fuentes, cuando el poeta nos invita a presenciar sus juegos o nos cuenta aquello que corresponde a sus personales sueños diurnos.
La verdadera ars poética, dirá Freud, reside en la técnica de superación de aquella repugnancia, relacionada indudablemente con las barreras que se alzan entre cada yo y los demás. El poeta mitiga el carácter egoísta del sueño diurno por medio de modificaciones y ocultaciones y nos soborna con el placer puramente formal, o sea estético, que nos ofrece la exposición de sus fantasías. La técnica, los mecanismos del sueño, producen un placer limitado, que es el detonante de un placer más profundo, disimulado. El placer estético va a desvelar un placer más fundamental, más primitivo; facilita la génesis de un placer mayor, procedente de fuentes psíquicas más hondas. El verdadero goce de la obra poética procede de la descarga de tensiones que residen en nuestra alma.
Todas las obras maestras de la pintura nos tocan en el mismo punto del alma y nos inspiran un mismo sentimiento, el cual no es en absoluto la delectación, sino una sorda exaltación, profesaba Malraux. La creación para el poeta es la evocación de un mundo que no espera sino del hombre su renacimiento, mundo de resplandor y de crepúsculo… universo creado por el hombre, en donde las relaciones de las cosas entre sí no son aquéllas sobre las que se funda la apariencia. «Sentimientos y valores, sentido, ritmos, sonoridades, correspondencias y sugestiones se unen en la creación como los troncos, los papeles y las ramas se metamorfosean en un solo resplandor. El fin principal de los poemas de Rimbaud (…) no consiste en expresar sentimientos o valores, sino en participar de ese universo que nos viene del pasado pero que pertenece tanto al pasado como al porvenir».
La obra novelesca supone un pasado, un recuerdo, una duración, una memoria. En la fantasía, el pasado, el presente y el futuro aparecen como engarzados en el hilo del deseo que pasa a través de ellos.
En todos los procedimientos artísticos existe la participación del otro.
¿Cómo pasar del sueño a la obra de arte? ¿De algo egoísta, fugaz y estéril a un producto cultural, duradero, reconocido y compartido? Freud propone como respuesta la sublimación, que conceptualizó en 1905, para dar cuenta de ese tipo característico de actividad humana que es la creación, sea literaria, artística, intelectual, sin relación aparente con la sexualidad, aunque extraiga su fuerza de la pulsión sexual, en tanto que esta se desplaza hacía una meta que transciende lo sexual, y que invierte en objetos socialmente valorados. Define así un principio de elevación estética común a todos los hombres pero del que solamente son plenamente dotados según él los creadores y los artistas. «El don artístico y la capacidad de trabajo están íntimamente ligadas a la sublimación, pero hay que confesar que la esencia de la función artística queda inaccesible al psicoanálisis».
Los que crean son únicamente los seres humanos, del mundo de la palabra. El significante es lo que crea el vacío, engendra la falta, como cuando el alfarero fabrica una jarra, crea, al mismo tiempo que los bordes de la jarra, un vacío central. El proceso de sublimación se inaugura de este vacío; lo que atañe a reproducir este momento inaugural es lo que impulsa a crear.
Podríamos considerar la sublimación como aquello que re-presenta, en el sentido de «volver a presentar», la castración. Caravaggio veía en cada uno de sus cuadros una cabeza de Medusa, lo cual hace pensar en lo que decía Freud: «Si los cabellos de Medusa son representados tan a menudo en el arte como serpientes, es que estos provienen a su vez del complejo de castración, y es de resaltar que con lo horribles que son por sí mismos, no obstante, sirven para atenuar el horror, pues sustituyen al pene, cuya ausencia es la verdadera causa del horror.
Daniel Bordigoni, Marie-Ange Lebas Royer y Monica Meschke (escultora)