Entre lo malo y lo peor

Nuestra sociedad “avanzada”, sufre un cruce de pensamientos contradictorios que no encuentran base firme ni referencia en ideologías aceptadas como tales ni en valores respetados universalmente. Los filósofos o intelectuales ya no guían el común de los mortales con su visión privilegiada de lo real, y los políticos ya no tienen vocación de conducir su país hacía una meta trascendental, sino meramente utilitaria. Los padres no se atreven a orientar firmemente a sus hijos, porque ellos mismos ya no están muy seguros de no equivocarse.

Eso no significa que el ser humano no siga buscando la “verdad”. La angustia fundamental está allí, difícilmente disimulada bajo el manto de la conformidad. Aunque al fin y al cabo, las cosas no van tan mal, sólo que hay algo que no encaja…

Es como si en todo, tuviéramos que elegir entre lo malo y lo peor. Nos gusta nuestro trabajo, pero nos explotan. Luego, a los 52 años nos prejubilan y no sabemos que hacer. En política, nos da miedo el ultraliberalismo, pero tampoco nos gustan las fórmulas de siempre. En el fondo, creo que somos ultraliberales con nosotros mismos, pero tremendamente exigentes con todos los demás.

Eso me temo que se llama individualismo, que es la única pseudo-ideología imperante hoy en día. Ciertamente tiene una cobertura cultural y filosófica, basada en el humanismo: el individuo/ciudadano es el centro de nuestra sociedad, y el único límite a nuestra libertad es la Ley. Pero esto ya no se lo cree nadie, porque la ley está mal hecha, y lo último es desafiarla. Al fin y al cabo, el perfecto individualista no tiene por que tolerar que unos legisladores partidistas dicten unas normas que, adecuadamente mal interpretadas por magistrados “humanos”, y por lo tanto falibles, terminarán por “fallar” en contra suyo.

¿Qué hacer? En mi opinión, el psicoanálisis podría ayudar a reconciliar al hombre (y a la mujer) con su sociedad y el mundo, haciéndole ver que la comunión con la realidad es un ejercicio personal, que sólo somos víctimas del mundo en la medida en que le otorgamos la capacidad de afectar nuestro ser, y que la búsqueda de la verdad empieza por encontrar la verdad interior.

Platón, Sócrates y Freud se reúnen para reivindicar la primacía de lo espiritual en el hombre, entendido como aquello que transciende de lo concreto y consciente, y apela a la intuición de un algo que sabemos que tenemos, pero que no sabemos qué es. Cuando el hombre entreve el misterio de su ser, comprende que su percepción de la realidad del mundo depende más de él y no tanto de ellos. Nadie se esfuerza ya por crear un mundo o un pueblo feliz, unido, sin falla. Por primera vez en la historia, el fracaso constatado de las soluciones conceptuales al Problema deja un poso de humildad.

Pero tampoco hay que resignarse y refugiarse en actitudes utilitarias. Algo puede el individuo, “si es persona”; si no, el individualismo no se sostiene.

Hay que rescatar la dimensión humanista del psicoanálisis. Por una vez que una construcción filosófica e intelectual del ser humano no se convierte en objeto de doctrina, ni se constituye en iglesia o institución, sino que se somete a la lección inapelable de la realidad del ser, el perfecto individualista que somos debería encontrar en la visión liberadora del psicoanálisis algo de consuelo, y ánimo para seguir el camino hacía su conocido final.


Analizante, Madrid