El misterio de la creación

Es sabido, la creación es lo único que equipara al pobre animal humano con los dioses. De ahí que sea un misterio y un misterio de los mejor guardados. El ¡eureka! de las grandes intuiciones o las pequeñas micro-creaciones de la vida cotidiana —resolver, bajando de un autobús, las ecuaciones fuchsianas (puerta de la geometría de la relatividad), o hacer un dry martini impecable— permanece envuelto en la oscuridad de las discusiones, acunado por las banalidades que se nos ocurren a los mortales, receptores de una inspiración, que siempre sopla donde y cuando quiere.

Es claro que los mismos artistas y, sobre todo, los filósofos, de Platón a Freud, no han dejado de reflexionar sobre la creación humana. El Renacimiento fijó la leyenda del artista como creador “divino”. La diferencia residiría en que Uno crea absolutamente, esto es la materia, la forma y el significado y los otros sólo la forma y el significado. Pero la pregunta importante es: ¿de dónde le llega al artista el poder que hace posible la creación?, ¿por qué una “fabricación” se transmuta en algo más, en un verdadero novum? Las respuestas más comúnmente aceptadas son: la inspiración y el esfuerzo. Mientras que la creación se ha dado en un mundo compartido por dioses y humanos, el artista ha sido un elegido, un mensajero. El mensaje le llega desde un más allá, esté en el fondo de su alma o en el cielo de las formas eternas que el artista entrevió en un sueño. Desde que triunfaron los prejuicios de la Ilustración, el artista es visto como un artesano especialmente cualificado, a veces, genial. La inspiración deja paso al esfuerzo. “El genio es 20% de inspiración y 80% de transpiración”, dijo algún utilitarista británico. El artista se esfuerza por alcanzar éxito, reconocimiento social, inmortalidad. Pero aunque el misterio de la inspiración se considere ahora de menor cuantía, el trabajo y la experiencia no han podido eliminarlo del todo. Y resulta que ese pequeña parte es aun decisiva para tener delante “una auténtica obra de arte”.

Brodsky, el poeta ruso afincado en USA y muerto en 1996, defendía una inquietante y desde luego nada usual teoría sobre el origen del factor “creación” en la obra de arte. Afirmaba que el plus de creación proviene del azar. A diferencia de dadaístas y surrealistas, Brodsky subraya la importancia del azar de la materia de la obra, no del azar del hallazgo en las asociaciones mentales del creador: “el azar se halla en el fondo de los dos conceptos relacionados con la palabra creatividad… [Quizá] este último término no aluda tanto a un aspecto de la creatividad humana como a las propiedades del material sobre el que ejerce tal actividad”. La creación dependería de la capacidad del artista para negar su experiencia, sus prejuicios, sus maneras de mirar las cosas; si es capaz de negar todo lo que sabe, “puede” que dé con una “propuesta” que le hace porque sí —intervención del azar— la materia misma. Es inevitable la conclusión: la creatividad es una “habilidad pasiva”. Estamos en las antípodas de la concepción moderna del artista.

José Lasaga Medina
Profesor de Filosofía, Madrid