Jaime Chávarri
Publicado en Entrevistas
Y la vida sigue andando
Jaime Chávarri (Madrid, 1943), licenciado en derecho y con una larga e interesante experiencia en el cine amateur, debutó en el ámbito del largometraje con “Los viajes escolares” (1973), una obra con intensas marcas autobiográficas que luego reaparecerían en “El río de oro” (1985).
Junto al productor Elías Querejeta realizó “El desencanto” (1976), un docudrama donde se analizan los comportamientos y tormentos de la familia del poeta falangista Leopoldo Panero. Luego abordó un extraordinario ensayo sobre la homosexualidad y la soledad, “A un dios desconocido” (1977), y la perplejidad que produce “Dedicatoria” (1980). Para el productor Alfredo Matas rueda “Bearn o la sala de las muñecas” (1982), sobre la novela de Llorenç Villalonga, y la exitosa “Las bicicletas son para el verano” (1983), basada en la obra de teatro de F. Fernán Gómez. Con muy buena repercusión de crítica y de público rodó el musical “Las cosas del querer” (1989), sobre la vida del popular cantante Miguel de Molina quien tuvo que refugiarse en Argentina por sufrir el maltrato de la intolerancia de su época, y una continuación “Sus ojos se cerraron” (1991). Ha estrenado también con gran aceptación “Besos para todos” (2000), donde muestra con humor, un fresco de la época franquista de los sesenta y la iniciación sexual de los jóvenes.
Los temas que Chávarri ha cristalizado en imágenes, la locura, la sexualidad, los celos, las diferencias sociales, el poder y la corrupción dentro de la familia, etc. nos llegan como espectadores y también como miembros de una sociedad española con grandes contradicciones y cambios en un período intenso en este tiempo histórico.
Diván: ¿Cómo apareció en ti el interés por dirigir cine?
J. Chavarri: Quizás para no tener que consultar con un psiquiatra, como no me fue tan mal, por el momento he tratado de expresar mis angustias y conflictos a través de las imágenes cinematográficas.
Desde muy joven me interesaba mucho la lectura de Freud, pero especialmente porque era un gran escritor, he leído también a varios continuadores como Jung, pero ninguno tenía ese estilo literario tan depurado y entretenido como Freud. Hace 30 años me interesé mucho por la antipsiquiatría, sus postulados y sus esperanzas de curación.
D.: En algunos de tus filmes, reflexionas sobre las posibilidades de superar la locura a través de la creatividad en la escritura o la poesía. Estos postulados terapéuticos eran muy afines a la antipsiquiatría.
J. Ch.: Así fue, pero luego vino la constatación que los criterios antipsiquiátricos eran muy limitados, los psiquiatras dejaron de ser buenos escritores, dejaron de interesarme, comenzó el auge de la química y de las pastillas. Aunque por supuesto no confío en una solución única.
D.: ¿Y tu interés por la literatura?
J. Ch.: En mi casa había muchos libros pero se leía poquísimo. A los 5 años hojeaba un libro alucinante, “Informe General”, que hicieron los fascistas cuando ganaron la guerra. Eran fotos de fusilados por los rojos, en primer plano y con la cabeza destrozada, para que sus familiares los reconocieran. Me pareció espeluznante y quedé curado de espanto de esas imágenes.
De pequeño leía libros de adultos como los de O. Wilde, y a los 30 años me reencuentro con los textos infantiles como los cuentos de los hermanos Grimm. Siempre me ha gustado mucho la literatura de aventuras y anglosajona. Cuando tenía 7 años vi con mi madre Hamlet de L. Oliver, pero a mí lo que más me impresionó era el fantasma y los duelos de espada, lo demás era secundario. Actualmente prefiero leer historia y ensayo.
D.: ¿Por qué en tus películas aparece con tanta frecuencia el contexto familiar?
J. Ch.: No creo que sea casual, la familia es un tema que me interesa mucho. Es cierto que he insistido en ella y sus diversos contextos sociales y políticos. Es allí, en ese microcosmos, donde se desarrollarán los grandes temas humanos. Tensiones, pasiones, luchas de poder que luego reaparecerán en la vida.
Es importante preguntarse “¿quién eres tú en esa familia?”. Hay momentos necesarios de crítica, incluso de enfrentamiento, para poder independizarte de tu familia y poder ser tú mismo afuera de ella.
Cuando uno se encuentra en un sitio que no le pertenece o no le corresponde puede resignarse y dejar que le maltraten, o decir “no quiero estar allí” y aunque le cueste, buscar su propio lugar. Puede ser al comienzo una posición individualista, pero necesaria para poder ser libre y elegir. Mucha gente no sabe que puede hacerlo. Además te encuentras con otros que no aceptan tus cambios y tus críticas. Es una etapa muy dura para lograr que te acepten tal como eres.
D.: ¿Cómo se ve reflejado este derecho a ser tú mismo en los filmes?
J. Ch.: Los críticos tienen la tendencia a emplear etiquetas y miradas estereotipadas sobre ti. No hay manera que acepten tus cambios. A veces quedan muy desconcertados por el estilo y temas diferentes en mis películas. Para mí es importante que pueda aportar algo personal en una historia que me ofrecen para filmar, si no tiene nada que ver conmigo prefiero que la haga otro realizador.
D.: El espectador se ve invitado a mirar lo que previamente haya elegido con su mirada el director. Inevitablemente es una mirada de una mirada. ¿Cómo crees que te miran tus espectadores?
J. Ch.: Una película que no alaba al espectador planteándole con facilidad quienes son los buenos y malos no promueve con facilidad su identificación. Soy consciente que en mi cine a veces no está planteado así de fácil quién es quién y esto implica un esfuerzo para reflexionar, lo que a veces produce la negativa del espectador a seguirte en tu mirada.
Yo elijo las caras, el tipo de relaciones y sus miradas, pero nunca lo presento de una manera explícita. El cine actualmente es demasiado claro, incluso oralmente, y el espectador está acostumbrado a no ver lo que hay más allá de lo que se muestra. Incluso en las comedias que he filmado nunca se habla claramente.
D.: ¿Cómo te observas nuevamente al mirar tus filmes?
J. Ch.: Nunca vuelvo a mirarlas de nuevo. No me divierte nada, ves tan bien tus defectos que es muy duro. Cuando termino una, prefiero pensar en la siguiente. Hasta la que más te ha gustado tiene horribles defectos, no se te olvida nunca. Si tu tienes un paciente que le va mal y termina peor, siempre lo recordarás y quizás te olvides de los muchos que finalizaron bien un psicoanálisis.
D.: ¿Cómo ha sido tu experiencia en un doble lugar como director y actor?
J. Ch.: Como actor solo puedo hacer papeles pequeños. No estoy profesionalizado para este trabajo. Pero cuando me dirigen no puedo dejar de pensar cómo lo haré yo. Me pregunto si algunas veces estoy indicando chorradas como las que me indican a mí. Espero no hacerlo. Pero si el director conoce su oficio, me siento más cómodo, libre, y puedo seguir sus pautas. Me gusta mucho colaborar con directores jóvenes que están realizando sus primeros cortometrajes.
D.: ¿Esta doble faz también se podría aplicar al cine y a ti como escritor?
J. Ch.: A la escritura le tengo mucho respeto y no me animo. Me gusta estar cuando se elabora un guión y colaborar o aportar algo, pero con gran prudencia. Esta participación la puedo hacer en filmes como “El año del diluvio”, ya que me interesa mucho su historia y la novela (de Eduardo Mendoza) de la cual procede.
He escrito algunas veces y me ha ido muy mal. Pero es cierto que en mis películas mas personales se nota mucho la influencia de mi literatura en ellas. He realizado películas muy personales, “El río de oro” por ejemplo, pero no se entendieron como yo hubiera deseado. Tampoco me interesa que estas películas que yo quiero tanto tengan una visión tan limitada.
Cuando era joven me imaginaba que me ofrecerían miles de proyectos para hacer películas: una de acción, otra musical, otra policial, otra comedia, etc. Pero nadie me conocía y nadie me llamaba, entonces tuve que escribir mis propias historias. Yo creía que en “El río de oro” estaba haciendo algo comprensible con respecto a temas de la psicología, creía que era un compendio accesible como el Reader’s Digest, pero para los demás era algo tan difícil como Lacan. Un libro sobre películas estrenadas ese año decía, “El río de oro es la película más incomprensible en la historia del cine español”. No me interesa estar en ese lugar inaccesible.
D.: ¿Por qué crees que reaparece con tanta frecuencia el tema del pasado?
J. Ch.: He hecho alguna comedia con temas actuales. Pero cuando sitúo la película en el pasado me permite ver la historia con otra perspectiva. En el presente no conoces las consecuencias de lo que está ocurriendo. No sabemos cómo y en qué puede terminar.
En “Besos para todos”, que ocurre en un pasado no tan lejano, podemos cotejar como han cambiado los temas relacionados con la sexualidad en los jóvenes, el aborto, las diferencias de clases sociales y su imbricación política y religiosa represora.
Vivimos una época muy confusa y no podemos predecir donde nos lleva. Intuimos que quizás nos conduzca al horror, pero no lo sabemos. En un tiempo pasado menos globalizado parecía que aún podíamos tomar decisiones personales y reflexionar sobre lo que deseábamos hacer. Tampoco eran tiempos fáciles. Una cosa era pensar en tus impulsos y otra muy diferente es poder hacerlos.
D.: ¿Cómo es tu experiencia como director de teatro?
J. Ch.: Es muy interesante como cada director puede realizar un mismo texto de tan diferentes maneras. Cuando estuve en Buenos Aires filmando “Las cosas del querer” pude ver la obra “Tres mujeres” y quedé fascinado, pero no llegué a entenderla del todo. Luego pude verla en Nueva York y estaba planteada de otra manera muy distinta. Cuando me correspondió dirigirla aquí, la realicé como era mi versión, más seca y sin tantos movimientos de las actrices. Fue un gran éxito y estuvo un año representándose por toda España. También tengo que decir que tuve la suerte de trabajar con dos actrices maravillosas, como Magüi Mira y María Jesús Valdez. La dirección de estas actrices era una gran responsabilidad, porque un mal director puede malograr a una gran actriz.
Pienso que desde que he llegado al teatro mi manera de ver el cine ha cambiado. Creo que el teatro es la madre del cordero. En este ámbito el trabajo con los actores es muy especial. En el teatro trabajas con ellos, en cambio en el cine obedecen. En la filmación no hay más tiempo que para transmitirles tu idea y que la plasmen de la mejor manera posible. En cambio en el teatro se ensaya mucho, puedes cotejar lo que tú piensas y deseas de cada actor y lo que ellos quieren o han comprendido del texto. Se reflexiona sobre lo que está sucediendo al lado de ellos y su relación con los otros personajes. Es un trabajo más enriquecedor. Aunque tiene un gran inconveniente, a los pocos días del estreno, hay actores que hacen los que a ellos les apetece.
Francis Guijarro, directora de marketing, y Guillermo Kozameh, psicoanalista