La pregunta del millón

– ¿Que es eso que vas a hacer cada semana, al tumbarte en un diván?
– Pues la verdad, no lo tengo muy claro…
– Pues si tú no lo tienes claro…
– Intentaré explicarlo: En parte es mirar al techo, y ponerte a redactar tus pensamientos de forma que el otro los entienda… y te ayude a leerte entre líneas. En parte es contarnos a ese otro, pues cuando uno relata, recuerda. Y es que no nos solemos contar nuestra historia a nosotros mismos (salvo que queramos cambiarla) y al contarla para otro estamos volviendo tiempo después sobre un camino ya transitado, de forma que en lugar de fijarnos solo en el suelo que pisamos para no tropezar, podemos detenernos a observar los detalles… y de esa forma descubrir por que llegamos donde llegamos, y si ese lugar era el lugar al que queríamos llegar o resultó que nos perdimos por estar demasiado atentos para no pisar un charco.
– ¡Uy! Te estas poniendo profundo…
– ¿Has visto alguna vez dos veces la misma peli? ¿No hubo diferencia la segunda vez que la viste? Esto es lo mismo… salvo que esta vez tú eres el protagonista, y el final está aún por llegar.
– Pero y, ¿el otro que hace? Se sienta y escucha lo que dices?
– Si.
– ¿Y algo mas?
– También lo que no digo.
– No empieces…
– También hace las preguntas adecuadas, elige el fragmento que vamos (voy) a recorrer, y es el que pide una parada en el camino para poder admirar el paisaje, repara en lo que yo pasé por alto o lo que no quise ver, algunas cosas las señala con el dedo, otra las señala en su cuaderno… para ayudarle a descubrir nuevas cosas, o descubrírmelas a mí más adelante.
– ¡Es un turista en tu vida!
– No, es un compañero de viaje al volver a recorrerla
– Menuda explicación. ¿No era que no lo tenías claro?
– ¿Lo ves…?
– (Suspiro) Anda… termínate el café…


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