El humor

Publicado en Con humor

Imagen

Enfrentarnos con lo cotidiano, implica asimilar, absorber, reprimir, continuamente y sin cesar, la realidad, de la que solo una parte pequeña podemos simbolizar.

Este mundo oculto, conocido para nuestro ser, pero desconocido para nuestra conciencia, pulsa para expresarse y lo hace a través de sueños, síntomas, lapsus, delirios y finalmente de una manera por la cual nunca consultaríamos a un especialista que es el humor.

Freud distingue de una manera exhaustiva, el chiste, lo cómico, y el humor como diferentes maneras que el inconsciente puede expresarse, y establece una comparación fructífera entre el trabajo del sueño y “podríamos llamar: el trabajo de la producción del humor”.

En el sueño, una parte de nuestro YO, durmiendo y sin saberlo ha iniciado un viaje regresivo hasta los misterios del ser; los restos de la realidad que llamamos restos diurnos, ofrecen un disfraz para que el pasado pueda presentificarse. En este estado regresivo, las defensas disminuyen, las fronteras de las censuras se diluyen, y algo del deseo puede manifestarse.

El chiste utiliza similares vias de expresión, y a través de las palabras o de la mímica (lenguaje al fin) dice algo inesperado, que nos sorprende, y que en algunos de nosotros de acuerdo a nuestro humor, puede producir un efecto cómico.

Lo atemporal, la mezcla y yuxtaposición de imágenes sin sentido del inconsciente, esconden un sentido, y como dice Freud: “Este sentido, dentro de lo sin sentido, convierte al sinsentido en chiste. Mientras mayor sea el malentendido, entre lo que la broma presenta de una manera directa y lo que necesariamente incita al oyente, tanto mas fino será el chiste y tanto mas alto se le permitirá remontarse hasta la buena sociedad.”

Como en el sueño, necesitamos en lo cómico de una máscara para que desenmascare nuestro mundo reprimido.

Estos deseos ocultos: sexuales, incestuosos, excrementicios, asesinos, serían obscenos si no tuvieran el disfraz de lo cómico, y es a través del mismo que recuperamos aquello que perdimos para ingresar en el orden cultural. Por ello podemos afirmar que el chiste es también, a semejanza de los síntomas y los sueños “un retorno de lo reprimido”. Pero a diferencia de estos: “no necesita de la inhibición, mantiene intacto y sin descaro el juego con la palabra merced a la polisemia de las mismas y la diversidad entre lo pensado”.

Decía retorno al mundo de las fantasías infantiles, del amor y la muerte, hacia nosotros y hacia nuestros semejantes. Por esto el niño tiene un humor diferente al adulto, además de lo propio evolutivo, en cuanto que el pequeño no tiene que sortear con tanto esfuerzo las barreras de lo prohibido.

De esta manera cada vez que hacemos una broma o nos reímos de ella, reencontramos, por unos instantes y de manera “saludable”, aquello de nuestra infancia perdida para siempre.

Ahora bien, si el que bromea gana sin saberlo el placer propio de acercarse a su verdad, el que escucha debe “saber escuchar” para poder reír, y en estos los psicoanalistas tardamos años en aprender a escuchar y que se comprendan los malentendidos. Para poder reír y reírnos de nosotros mismos debemos vencer nuestras resistencias e inhibiciones. El trabajo del humorista pone a examen, sin que sea su intención y como si de un psicodiagnóstico se tratara, la capacidad de aproximarnos a lo propio oculto y prohibido.

La experiencia nos indica que, para reírnos con el cómico y para entender sus gracias tenemos que hacer un trabajo y un gasto psíquico, y esto ya está fuera de sus posibilidades; depende de nuestra historia de amores, odios, desencuentros, y cicatrices.

El placer del chiste estaría relacionado con la libertad de ciertas inhibiciones, el placer de la comicidad, con la libertad de palabras que juegan como en un calidoscopio formando un Scherzo, y el placer del humor, con la posibilidad de nuestro Yo de convertir las derrotas cotidianas en un “pequeño gran” triunfo a lo doloroso de la vida.

Sin duda me estoy refiriendo a los tres niveles de la tópica freudiana: el inconsciente, la fuente inagotable y en movimiento continuo, desde donde partiría el ingenio, para pedir prestado a las representaciones del preconsciente y transformarse en comicidad. Finalmente el Humor, es un permiso que nuestro Yo le pide al Ideal del Yo, para suavizar las falencias propias y ajenas.

Del Humor podemos disfrutar en absoluta soledad; en cambio en el chiste es imprescindible la tercera persona, cuando se cuenta una broma a otro es él, quien nos devuelve con su risa el trabajo de “des-represión” que el narrador realizó. Por este motivo el chiste produce un lazo social, y casi podemos palpar en el ambiente cuando se produce ese encuentro entre el cómico y sus oyentes.

Guillermo Kozameh
Psicoanalista, Madrid

Escribe un comentario