Silencio… se ríe

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Tanto la risa como el humor me han parecido siempre asuntos muy serios. La risa suele surgir de la desesperación, cuando nos hemos hartado de llorar y lamentarnos y acabamos decidiendo reírnos de nuestra lista de desgracias mediocres.

Mediocre, esta es una gran palabra. Hace varios años un gran amigo, respondía a mí pregunta ¿cómo estás?, diciéndome: “estoy muy bien porque me he dado cuenta de que soy un hombre mediocre, con una vida mediocre, y unos hijos mediocres”.

Desde entonces, elevé la palabra “mediocre” a la dignidad de la castración. Llegué a la conclusión de que mi amigo, más sabio que yo se había dado cuenta que “mediocre”, palabra que contiene otras dos: medio y ocre, había desarrollado el talento de aceptar la imposibilidad de alcanzar el Ideal y había decidido hacerle un corte de manga al Ideal del Súper Yo, del que habla Freud en el caso del presidente Wilson. Sí, un corte de manga es lo que se merece ese Súper Yo que encarna como nadie al personaje zafio, cruel, voraz y obsceno, ante el cual, hagamos lo que hagamos nunca damos la talla.

La utilidad de la risa en psicoanálisis no es una novedad, pero sí un hallazgo. Es nuestra aliada en el desalojo de la pulsión de muerte de sus guaridas ocultas. Ya que en todo padecimiento hay algo de la vida que está latiendo. Este puente imaginario entre la psiquis  y lo social disuelve la fobia a la cercanía del otro. La risa nutricia acaba precipitando alguna revelación, el efecto sorpresa nos acerca a lo desconocido con la ligereza del que se ha librado del miedo de saber.

El humor, sublime acto de creación donde los haya, irrumpe contra la intelectualización. Muestra la capacidad de desalojarnos de aquellas identificaciones que ponen rígido nuestro pensamiento, creando un soporte simbólico que despoja del sentido rancio que nos atenaza y lo transforma en sublimación.

Por este motivo el ser de la mediocridad se vuelve sublime. Es el que no duda de que siempre le faltará algo más para llegar más lejos. Se autoriza a carecer de lo que admira pero no abandona el momento de disfrutar lo que la vida nos da, sin añorar lo que nos fue arrebatado.

Mª Carmen Rodríguez-Rendo
Psicoanalista, Madrid

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