María Jesús Valdés
Publicado en Entrevistas
Madre y actriz con letra grande
Nunca quise hacer un monólogo, pero poco a poco me fui enamorando del texto, leyéndolo, ensayándolo… Ha sido un cautiverio, pero el resultado ha sido bueno. Quizás sea porque cada persona se ve reflejada en cada madre, porque son muchas madres. La función está dedicada a la madre de Arrabal, a Doña Carmen Terán. Arrabal ha querido hacer algo más importante, la madre en general, la madre con letra grande, la madre de todas las guerras, de las actuales guerras. Es más, hay un momento en la representación que podría ser hasta la virgen. Yo creo que si la gente ha pensado que no es solamente la madre de Arrabal, que va más allá, estaremos recompensados. Y además está el personaje que la introduce, que es la madrastra Historia. De hecho, creo que es la clave de la función, La Madrastra Historia. A través de esta obra, Arrabal pide la reconciliación con todo el mundo, es un hombre incapaz de sentir rencor. La madrastra Historia fue el personaje clave en su vida. Detrás de todo, claro está, nos encontramos con la Guerra Civil, que es la que le afectó a él.
DIVÁN: ¿Cómo ves la relación de esta madre con este hijo?
María Jesús Valdés: Es una historia de un amor posesivo, agobiante, pasional, con una traición y un secreto familiar, pero que trasciende a esta familia particular e incluye los acontecimientos de un momento muy difícil de España. De todas maneras creo que es importante cómo Arrabal pudo, pese a la situación difícil que le tocó vivir, organizar su propia historia con su mujer y sus hijos.
D.: María Jesús, tú eres madre. ¿Cómo se vive el interpretar el personaje de otra madre?
M.J.V.: Es emocionante meterse en la piel de una madre que no tiene nada que ver contigo. Pero es que yo creo que la palabra madre, salvo en algunos casos por desgracia, porque las vidas de algunas madres han sido muy desgraciadas, y todo hay que comprenderlo, una madre es el único ser capaz de dar su vida por sus hijos. La madre tiene un universalismo especial.
D.: ¿En esta obra, el sillón en el que estás sentada simula las patas de una araña?
M.J.V.: Sí, efectivamente, son las patas de una araña, una araña envolvente. Como el avasallar materno a los hijos. Está la doble vertiente de la persona que nos da la vida pero que también puede decidir sobre esa vida. La madre de Arrabal decidió sobre la vida de su hijo porque, por lo que yo sé, era una mujer muy absorbente. No es casual que en toda la obra esté ella presente, aunque el padre ausente en escena es constantemente evocado.
D.: ¿Es posible distanciarse cuando uno pasa de un personaje a otro?
M.J.V.: Yo creo que sí. Después de una hora entera con emociones constantes y mucha entrega al espectador, cuando la obra acaba y entro en mi camerino, eso se acabó. Abandono totalmente el personaje. Yo soy así pero supongo que hay gente que no puede hacerlo. De todas maneras, implica un gran esfuerzo este desdoblamiento continuo que tiene el actor, entre su persona y el personaje.
A veces hace daño incluso físicamente. Por ejemplo, en esta obra hay un paso marcado del tiempo, y ese transcurrir de muchos años se tiene que hacer con tu cuerpo y tu mente en sólo una hora.
Esta mujer-madre no tiene nada que ver con otra madre que he interpretado como “la Bernarda” de Lorca. A propósito, la hermana de este comentaba, hablando del drama de las mujeres de los pueblos de España, que ella conoció personalmente a Doña Frasquita, quien inspiró el personaje de Bernarda. Decía que aparentemente era una mujer encantadora, entrañable, femenina…
Y sin embargo algo esencial percibió el autor para crear ese personaje tan terrible. Lamentablemente, Lorca nunca pudo verla en escena, sólo asistió a una lectura. Es un personaje que se presta a hacerlo de muchas maneras, incluso con un aspecto varonil, como lo hizo Ismael Merlo. Creo que, en el fondo, Bernarda fue una mujer que nunca quiso que sus hijos pasaran por lo que ella sufrió, porque ella fue una auténtica desgraciada. Era una mujer con rencor, capaz de hacer cualquier cosa con tal de que sus hijas no se fueran con nadie. A mí, como texto teatral me parece excepcional, por los matices y diferencias en los personajes. Cada vez que te encuentras con ellos te dices: ¡cuántas maneras diferentes de ser madre!
D.: Tú has estado muchos años sin hacer teatro y de repente has vuelto, ¿Cómo ha sido ese retorno?
M.J.V.: Siempre digo que he vivido tres vidas, como Tres mujeres. Creo que fue Nuria Espert la que me dijo una vez: “Qué suerte vivir tres vidas” (Tres mujeres es una obra de E. Albee que realicé hace unos años y que plantea tres momentos generacionales en la vida de la mujer).
Mi primera vida era una vida juvenil, tuve la suerte de incorporarme al teatro muy joven. Yo nunca pensé en casarme, creía que toda mi vida estaría dedicada a mi teatro y bueno… pues me enamoré.
Así de fácil. Y asumí mi segunda etapa. En la balanza pesaba mucho el teatro pero también pesaba mucho mi marido. Cuando yo le conocí, me di cuenta, por su contexto social y laboral, que tenía que renunciar a muchísimas cosas. A mis amistades, a ver a menudo a mi familia, pero creo que ha valido la pena. La persona por la que lo hice valía la pena. De hecho, muchas veces me preguntan “¿pero lo volverías a hacer?”. Yo digo “pues sí, lo volvería a hacer”. Fueron años de mucho sacrificio junto a él, pero también de mucho amor.
En los años ochenta, José Luis Alonso fue el primero que me llamó y me dijo “María Jesús, subimos el telón”. Le respondí “no, yo ya soy una actriz olvidada”. Habían pasado más de veinticinco años… Pero otra vez me llamó y me preguntó “María Jesús, dime posibles actrices para hacer Macbeth porque ese papel tú lo conoces muy bien ya que fue la última obra que interpretaste en los festivales de Sevilla”. Yo le di nombres y él me respondió que había pensado en otra actriz y que el nombre era María Jesús Valdés. Entonces lo empecé a meditar. El actor iba a ser Paco Rabal, me ilusionó mucho, era una versión de León Felipe y lo iba a dirigir Nuria. Era un buen retorno, pero por cuestiones económicas no se pudo hacer. Entonces José Luis me comentó que ya que había tomado la decisión de volver al teatro, por qué no abría la temporada en el Bellas Artes con La Dama del Alba de Casona. No era una obra que me entusiasmara mucho, pero me dije que era un buen debut para probarme a mí misma, cómo reaccionaba mi memoria, y ver cómo respondía el público, especialmente los jóvenes que no me conocían.
D.: Qué curioso, una nueva etapa con este personaje que simboliza la muerte. ¿Cómo fue el inicio de su tercera vida?
M.J.V.: Fue un renacer… Aunque siempre digo que también puede haber una cuarta vida. Fue difícil, pero bonito y hermoso, la profesión no me había olvidado. El día del estreno estaban allí todos los colegas y desde entonces no he parado ni un momento.
Cuando volví a empezar, mis hijos sufrieron mucho, lo pasaban fatal en los estrenos, con mucho miedo a que me saliera mal o me accidentara en escena. Entonces yo les decía: “para pasar este sufrimiento no vayáis”. Mis hijos ven en mí dos personas, pero soy ante todo la madre y luego una actriz, y eso no lo pueden evitar.
D.: ¿Cómo cree que sus hijos la ven en escena?
M.J.V.: Como alguien que no les puede fallar. Cuando estreno, lo pasan fatal, van una vez y no vuelven. Les da miedo, por ejemplo, que me rompa la cadera o que la vela que tengo que encender en esta obra de Arrabal pueda provocar un incendio. ¡Dios mío! La verdad es que el director, Juan Carlos de la Fuente, me lo ha puesto todo difícil. Yo sufro muchísimo, pero luego él me dice: “ahora ya lo disfrutas ¿verdad?” Sinceramente, lo disfruto al terminar. Cuando veo que ha gustado, cuando la gente aplaude, y me retiro al camerino.
D.: ¿Tienes la intención de hacer otra madre en la próxima obra de teatro?
M.J.V.: Por ahora me quedo con esta madre. En la próxima, quiero hacer algo divertido porque en ésta sufro muchísimo. Estar en el escenario es como estar en una capilla. Es una obra en la que haces un rito especial, pasando por Medea.
D.: Apropósito de esta tragedia, ¿de qué manera piensas que la madre de Medea influye en su acto filicida? No es casual que viendo la obra de Arrabal reaparezca la idea de: “la madre de la madre”
M.J.V.: Es curioso cómo hay tantas cosas en la vida de una persona en las que está presente e imborrable la huella de una madre. (Recuerdo cuando juzgaban a aquel asesino, Mason, se hablaba de esa madre tan terrible que había tenido, y cómo había condicionado toda su vida). No todos hemos tenido la suerte de tener padres normales.
La madre y su influencia de amor o de destrucción en los hijos tiene un poder incalculable.
Cristine Pepin, periodista, y Guillermo Kozameh, psicoanalista