Insomnio
Publicado en Seguimos soñandoSucedía a finales de julio: habíamos acordado empezar en septiembre un tratamiento para su hija y aquellos señores ya se estaban despidiendo cuando me encontré preguntándoles si había algo más que quisieran decirme. – “Laura, en casa, se masturba constantemente”– dijo su madre mientras el padre asentía.
Volvimos a sentarnos.
Habían consultado porque Laura no podía dormir. Tenía doce años y un hermano de seis, siempre pegado a ella. Detestaba el colegio: no encontraba su sitio entre las niñas y temía la violencia de los niños. Quería cambiar a otro distinto del de Borja –nunca puedo volver del colegio en autobús con las otras niñas– porque “si vas por uno ya recoges todo el paquete”– decía el papá.
No había cumplido un año cuando se desvaneció en un taxi sin que lo advirtieran; tenía dos cuando se cayó desde un segundo piso –se precipitó al vacío mientras sus padres salían al jardín para recibir a los abuelos– quizá –pensaban– porque quiso unirse al recibimiento. Años después desapareció varias horas con su hermano en otro jardín –no entendían aún cómo no los vieron ya que estaban en una caseta que registraron varias veces– y fue la guardia urbana quien los encontró. Lo del insomnio había empezado dos años atrás, en vacaciones.
Los horarios de la familia eran peculiares: la madre empezaba a trabajar muy temprano y se iba a dormir sobre las siete, los niños a las ocho y por último se acostaba el padre. Laura no podía dormir pero tampoco quería leer, escuchar la radio ni nada. Se tumbaba pegada a la pared, prácticamente inmóvil, y no se dormía: pensaba en el colegio y escuchaba si oía hablar a sus padres –“es fácil, nunca cerramos las puertas”–.
Ése era el escenario donde se desplegaba el síntoma, de eso habíamos hablado. La irrupción de la escena de la masturbación planteaba una pregunta nueva: los padres de Laura no sabían qué hacer ante ello –lo hacía desde pequeña, jamás fuera del círculo familiar– y no decían nada aunque les resultaba perturbador.
Les dije que se solía entender la masturbación compulsiva como una expresión de soledad, y asintieron. Podrían, quizá, decirle que eso se hacía en privado, y volvimos sobre las puertas abiertas: les aparecían ahora congruentes con la masturbación en público puesto que en esa casa no existían los espacios privados.
Decidieron cerrar las puertas. Un mes más tarde volvieron aliviados, Laura había dormido todo agosto perfectamente. También ella me contó que había dormido muy bien todos los días. Estaba contenta porque le permitirían volver en autobús y contentísima porque había tenido su primera regla lo que le daba puntos en el imaginario femenino de la clase: – “es que soy la segunda niña que la tiene… ¿sabes?” Así que no hubo necesidad de mayores tratamientos.
Pilar Gómez
Psicoanalista, Barcelona