La falsa impostura del psicoanalista

Publicado en Posturas e imposturas

Aunque sacar a relucir el “sentimiento de impostura” no va a suponer una revolución en el psicoanálisis, ha conseguido despertar nuestro interés.

Quería remontarme a un momento concreto, los inicios, las primicias de un trabajo de análisis. La lectura de un artículo de un analista canadiense publicado en la revista Filigrane me pareció que ilustraba tan bien nuestra preocupación que decidí utilizarlo y darle a él la palabra.

Este artículo de Réal Laperrière es de 2005 y lleva por título: El malestar del impostor. Su autor, psiquiatra y psicoanalista en un servicio de psiquiatría infantil en Montreal, escribe:

“La psiquiatría infantil moderna tiende a exigir a sus clínicos que sean unos expertos capaces de liberar a los niños de los síntomas que perjudican su adaptación. Pero, ¿qué experticia puede reivindicar el psicoanalista cuya ética le coloca en una posición, de cara al síntoma, absolutamente diferente de la que propone la ética médica? Para ésta, el objetivo no es comprender el sufrimiento sino suprimir su expresión, como si se tratara de un cuerpo extraño. El síntoma es la enfermedad, suprimir uno es suprimir la otra. Mientras que para el psicoanalista el síntoma no es la enfermedad, sino muy a menudo lo que protege al individuo. En estas condiciones, cuando está solo con su paciente, ¿no tiene a veces la sensación de ser un impostor?”

Tras desarrollar esta oposición, el autor expone la psicoterapia de un chico de diez años, con el cual ni la aproximación directa al síntoma, tal como deseaban los padres y los médicos, ni la interpretación psicoanalítica clásica resultaban posibles. Muestra cómo se manifestó en este caso el malestar del “impostor” (el sentimiento de impostura en este caso en el psicoanalista).

Olivier, de diez años, llega acompañado por su padre, un político influyente, un tipo lanzado, exigente y arrogante del que desconfía y del que se protege todo el equipo médico. Las cosas están claras, los psiquiatras han elaborado la lista de los síntomas de los que hay que liberar a su hijo: agresividad permanente, rechazo del ambiente escolar, encopresis persistente, fobias alimentarias, todo lo cual perturba gravemente su vida social, escolar y familiar.

“Me veo, escribe Laperrière, presentado de entrada como el especialista que sabe hacer hablar a los niños y liberarles de sus síntomas”.

Citando únicamente algunos párrafos de su artículo, no me resulta posible evocar el contexto, ni reproducir fielmente el singular tono del relato en el que se mezclan seriedad, perplejidad y humor, pero ustedes podrán adivinarlo.

Escribe: “A raíz de mi primera cita con Olivier, me encontré ante un niño afable, cortés, bien educado y de una inteligencia superior (…) Capaz de un discurso sensato y lógico, trufado de conocimientos y de proezas cognitivas. Sin embargo, no consigue hablar de sí mismo. Parece que habla de otra persona, no está presente en sus palabras y parece desprovisto de vida interior, totalmente movilizado contra las múltiples presiones del exterior”.

El analista se da cuenta enseguida de que cualquier alusión a sus síntomas desencadena un pánico y un abatimiento insoportables; cualquier esbozo de interpretación, o incluso una simple explicación, la vive como una intrusión intolerable.

Desde la primera sesión, Olivier declara: “Nunca he jugado con juguetes, y sólo juego a juegos de sociedad”. A falta de alguno del que echar mano, empieza a inventarse uno y a construirlo en base a razonamientos y adivinanzas matemáticos.

Privado, de entrada, de palabras y sin iniciativa alguna, el analista debe plegarse a la exigencia de ser únicamente el compañero, que a menudo queda en ridículo de una increíble serie de partidas de juegos de sociedad, que se renuevan sin cesar pues Olivier cuenta con una reserva aparentemente inagotable de ellos. Cada semana se saca de la manga “el juego de la semana”, y el analista debe asimilar inmediatamente sus reglas. En cuanto intenta decir una palabra, viene la orden: “Juega”.

El autor del artículo precisa: “Al principio, Olivier se mostrará afable, educado, respetuoso… después estimulado por la propia situación del juego, se volverá altanero, arrogante y suficiente hacia mí, tratando de forma manifiesta de aplastarme y someterme gracias a su incontestable superioridad en este tipo de juegos (…) Por mi parte, me fui sintiendo cada vez más impotente, incompetente, poseído por una rabia tal que me daban ganas de contraatacar a base de interpretaciones. Pero, ¿qué otro sentido tendría el hacerlo que no fuera el defender y proteger mi integridad?”.

Debía, pues, intentar tolerar la situación creada por Olivier, situación que poco a poco se transformaba en una puesta en acto de su experiencia (…) de niño sometido a presión (…) pero esta vez, por una inversión de papeles, él ocupaba el “puesto bueno”.

Tras el paréntesis de las vacaciones de verano, Olivier curiosamente retoma el juego de la primera sesión, poniéndole un nombre: O. R. Compuesto por las iniciales de los nombres de los jugadores.

Olivier y Réal. ¿Qué representa O. para R.? ¿Y R. para O.?

El analista percibe en esto el comienzo de un intercambio, y la apertura de un espacio de encuentro desprovisto del miedo a la intromisión. Olivier intenta expresar tímidamente su tristeza, o su rabia, o su culpabilidad. Ya no manifiesta el pánico a la intrusión sino el miedo a provocar un deseo de abandono en el analista. “Con prudencia, escribe Laperrière, puedo empezar a nombrar ciertas cosas durante las sesiones, y se las brindo como otras tantas piezas de un nuevo juego”.

Al cabo de un año, un traslado de la familia supuso la interrupción de las sesiones. El día de la última cita, el padre vino a expresar (…) su satisfacción, el comportamiento había mejorado considerablemente, todos los síntomas habían desaparecido… Se muestra muy agradecido.

Laperrière precisa: “Cuando me vuelvo a encontrar en la consulta con un niño como Olivier, tratando de convertirme en “disponible para ser utilizado” (en el sentido de Winnicott) (…) dejándome capturar por la manera que Olivier tiene de repetir su historia y yo de intentar construir una, a veces siento el malestar del impostor”.

En su conclusión distingue dos aspectos de este malestar, uno atribuible al contexto, y otro intrínseco al propio trabajo psicoanalítico.

En el primer caso, es decir, en su relación con la institución y su modo de funcionamiento, se puede hablar, con propiedad, de sentimiento de impostura, cuyos principales ingredientes se reconocen sin hacer grandes esfuerzos:

  • El éxito: sus títulos y su competencia son reconocidos y apreciados.
  • La inadecuación al puesto: es el resultado de la diferencia ética que le coloca en una situación falsa de cara a un proyecto médico con el que no puede identificarse.
  • El temor a ser desenmascarado que se deriva de esto es tan imaginario y secreto como real es el malestar. El efecto no puede ser otro que un malentendido duradero, más o menos ignorado y sostenido.

“Pero, escribe, si este malestar es el fruto del peso que recae sobre la situación analítica desde su exterior, también existe un malestar producto de la situación analítica misma (…) En efecto, me parece que, el hecho de permitir que se establezca la transferencia con la ayuda del dispositivo terapéutico, implica que el terapeuta acepta ocupar el puesto de otro, que se convierte en ese impostor necesario”.

Es lo que yo había llamado en otro lugar la posición del “impostor a su pesar”, el que ve que se le “impone” (en el sentido de la impostura) el ropaje de un personaje que el no ha elegido, y en el que no se reconoce. ¿Se puede, en este caso, hablar del sentimiento de impostura del analista? Difícilmente, me parece.

No es fácil ver lo que podría significar un “éxito” en este estadio de instalación de la transferencia. Mientras, la inadecuación se presenta esencial y necesaria en el trabajo psicoanalítico. En cuanto al miedo a ser desenmascarado ¿qué sentido podría tener, y para quién?

Por el contrario, no se puede dejar de estar atento a un momento particular, que precede a la inauguración de la transferencia imaginaria, el de la demanda y la aceptación de ella. Al responder a una petición de análisis, que es siempre una llamada de auxilio, más o menos acompañada de un pedido de amor, estoy ratificando el reconocimiento, por parte del otro, de mi situación en el puesto que he elegido ocupar.

Pero al mismo tiempo no puedo desconocer mi inadecuación al puesto de terapeuta en el que el otro querría instalarme. Por otra parte, llegados a este punto, la cuestión no pasa por desvelar que mi convicción está fundada sobre dos certidumbres: que es imposible satisfacer la demanda (petición), y que el lugar de la verdad está en el lado de la pregunta, más que en el lado de la respuesta y el saber.

En este momento, previo a la implantación de la figura del “impostor a su pesar”, es cuando se habrían reunido los componentes de un “sentimiento de impostura”. Y, al asumir el malestar que le acarrea, el analista prepararía e aseguraría la implantación de la secuencia transferencial.

¿Puede confundirse este malestar con el que Laperrière atribuye a las exigencias del contexto? Dejo en suspenso este interrogante.

De momento, la hipótesis sería que la noción de “sentimiento de impostura” nos podría servir para precisar y matizar la descripción de un momento del inicio del análisis. Así dicho, puede parecer un poco restrictivo; no es más que un avance, estoy seguro de que otros serán capaces de ir más allá.

Aún queda la cuestión de si podemos encontrarnos, a lo largo del análisis, con otras formas del “sentimiento de impostura”.

Para acabar, Réal Laperrière nos recuerda que el analista está siempre en confrontación con su propia historia, su análisis y sus implicaciones contratransferenciales, y añade: ¿podría ser este tipo de malestar una fuente de auténtico trabajo analítico?

Por mi parte, me encuentro ahora, enredado en otro interrogante: ¿cuánto hay de “sentimiento de impostura” en el analizante? Pero esta es, por supuesto, otra historia.

Daniel Bordigoni
Psicoanalista, Aix en Provence