La pregunta por la legitimidad
Publicado en Posturas e imposturas
La pregunta que se hacen muchas personas sobre el derecho a ocupar un lugar involucra una interrogación sobre la legitimidad que introduce el tema del padre. Cuando la encontré formulada en el libro de Belinda Cannone, en relación al éxito y al sentimiento de impostura, inmediatamente recordé una frase de la carta que Freud, a sus 80 años, le dedica al escritor Romain Rolland: “Como si lo esencial del éxito consistiera en llegar más lejos que el propio padre y que tratar de superar al padre fuese aún algo prohibido”. La escribe casi al final de su vida en “Una perturbación de la memoria en la Acrópolis (1936) en la cual retomando el hilo de su autoanálisis relata un episodio ocurrido en el año 1904 en un viaje a Atenas.
Emprendía todos los años un viaje de vacaciones con su hermano Alexander que los llevaba generalmente a Italia. Esta vez, apremiados de tiempo, deciden dirigirse a la isla de Corfú pasando por Trieste donde, aconsejados por un amigo, cambian su destino azarosamente y se dirigen a Atenas. El “cambio de rumbo” les produjo un gran descontento e indecisión y sólo se imaginaban obstáculos y dificultades. Freud mismo califica esta conducta de enigmática porque de pronto, sin darse explicaciones y como algo natural, se hallaron comprando los billetes para Atenas.
“Cuando me encontré parado en la Acrópolis, abarcando el paisaje con la mirada, me vino de pronto el siguiente pensamiento, harto extraño: ¡De modo que todo esto realmente existe, tal como lo hemos aprendido en el colegio!”, su admiración y exaltación están empañadas por una fuerte duda sobre la propia existencia de Atenas. ¿Llegar a ver a Atenas? ¡Pero, si no es posible! exclamó.
Para Freud están vinculadas esta extrañeza y la desazón que suele manifestarse cuando se ha llegado a lugares intensamente soñados desde el deseo de escapar de la estrechez de los medios de vida, de los límites de la realidad.
“Parecía estar más allá de los límites de lo posible que yo pudiera… llegar tan lejos”. Llegar tan lejos… ¿está permitido? Llegar más lejos que el padre… ¿Qué empuja a desear ir más allá, más allá de los límites de lo posible?
“Realmente no habría creído posible que me fuese dado contemplar a Atenas con mis propios ojos”, “Lo que aquí veo no es real”, expresa Freud mostrando cómo sobrepasar el destino sin someterse a su designio le origina extrañamiento, irrealidad y descreimiento. Denomina enajenación-despersonalización a estos procesos que son paradigmas de una perturbación anímica aunque se presenten regularmente en la vida normal.
La pregunta ¿Yo qué hago aquí?, que suele acompañar al sentimiento de impostura, hace pasar una pequeña vivencia a la enajenación, con un desdoblamiento que produce una singular extrañeza frente a actos y pensamientos propios que se experimentan como si provinieran de otro. El sujeto se contempla así mismo, en una situación merecida y buscada, sin poder dar cuenta de cómo llegó hasta allí porque justamente su deseo de ir más lejos es escamoteado. Esos momentos de desazón, de vacilación, constituyen un borde entre lo posible-imposible, lo permitido-lo prohibido, en el cual los límites entre la realidad y la fantasía se confunden y se funden.
Podemos señalar, en la lectura que Freud hace 32 años más tarde del episodio de la Acrópolis, que la satisfacción de haber llegado tan lejos, en cuanto remite a lo ancestralmente vedado con el consiguiente sentimiento de culpa, pone de manifiesto al padre edípico en la neurosis de Freud . Pero, ¿permite plantear algo nuevo?
Mas allá del padecimiento y el límite que imponen las figuras superyoicas se abre otra vía. Lo central es que llegó a la Acrópolis y este episodio constituye una metáfora de su “osada intromisión”, como él denomina a su empeño en ir más lejos en la construcción del psicoanálisis. En el deseo de fundar se juega la paternidad y como deseo de todo hijo, aunque “prohibido de antiguo”, revela el fantasma parricida de sobrepasar al padre.
Parecen pertenecer a distintos territorios la censura superyoica y el sentimiento de enajenación que describe Freud. En Trieste, sin comunicarse entre ellos las razones de la decisión, marcharon los dos hermanos a Atenas y este acto decidido arranca a Freud de la coartada neurótica. En su posición de hijo frente a la mirada paterna, con el costo de su perturbación, se pone de manifiesto la función paterna como un operador estructural que alude, más que a un rival a superar promotor de culpa, a un padre muerto como lugar desde el que es posible construir una diferencia.
Freud sintió soledad y tristeza frente a las ruinas y en su desamparo instaura un acto responsable que implica el duelo de un padre omnipotente por el que siente indulgencia pero a quien al mismo tiempo le reconoce una deuda.
En “Material y fuente de los sueños” escribió una nota reveladora: “… me he convencido hace ya largos años de que para la realización de los deseos que durante mucho tiempo hemos creído inasequibles no es preciso sino un poco de decisión”. Había tenido una serie de sueños cuya base común era el vivo deseo de hacer un viaje a Roma postergado una y otra vez y cuya realización veía como algo muy lejano, incluso en unos de ellos se tuvo que volver estando a 80 kilómetros. Roma era la “ciudad de promisión” siempre inalcanzable que se anudó a su entusiasmo estudiantil por el guerrero semita Aníbal. Lo que está oculto detrás de la identificación con Aníbal, causa poderosa de su anhelo de viajar y a la vez su impedimento, aparece en el recuerdo de un episodio infantil. A los 10 o 12 años su padre le relató lo siguiente:
“Cuando yo era joven salí a pasear un domingo por las calles del lugar en que tú naciste bien vestido y con una gorra nueva en la cabeza. Un cristiano con el que me crucé me tiró de un golpe la gorra al arroyo, exclamando, “¡Bájate de la acera, judío!” Y tú, ¿qué hiciste?, pregunté entonces a mi padre. “Dejar la acera y recoger la gorra”, me respondió tranquilamente. No pareciéndome muy heroica esta conducta de aquel hombre alto y robusto que me llevaba de la mano, situé frente a la escena relatada otra que respondía mejor a mis sentimientos: aquella en la que Amílcar Barca, padre de Aníbal, hace jurar a su hijo que tomará venganza de los romanos. Desde entonces tuvo Aníbal un puesto en mis fantasías.” (La interpretación de los sueños”, cap. VI.)
Este recuerdo decisivo localiza el momento en el que se unen en su historia el descubrimiento de las debilidades del padre con un deseo de restituirlo como figura heroica a través de la venganza. Pero unida a la culpa y en la base de la piedad filial, que impide el éxito e impulsa al fracaso, planea el fantasma del parricidio que es la más poderosa fuerza inhibidora en la vida de un hombre.
Freud visita por fin Roma en 1901, y en un proceso de verdadera bifurcación de su destino, emprende un nuevo y entusiasta camino en su producción que se materializa en 1904 con su imprevisto cambio de rumbo a Atenas y se sella en la visión de la Acrópolis.
No parece tan complicado sondear lo insoportable de la desgracia pero sí lo es hallar la intolerancia al éxito sin hablar, exclusivamente, de su costado masoquista. El éxito significa que está en juego un deseo, para encajarlo algo debe destrabarse de la subjetividad produciendo una ruptura del sometimiento al padre. En el franqueamiento de límites se origina una caída del padre idealizado que al ser desalojado de su lugar de garante posibilita el abandono de la postura de permanente reproche y odio por sus faltas. Ir más allá sobrepasando un destino asignado no es una trasgresión sin costo, el sujeto debe pagar por la singularidad de su deseo con la pérdida de la protección en un proceso de duelo que implica un verdadero giro en la subjetividad que va más allá de la culpa universal y que significa enfrentar la falta del padre y la propia, es decir, la castración.
Quizás las sensaciones de “enajenación” que asociamos con el sentimiento de impostura se inscriban en un momento vital donde los sujetos transitan por una cornisa o quedan fijados en ella asumiendo el riesgo de ir más allá del límite marcado o no. Lograr una significación nueva del destino supondrá soledad y desamparo. En el momento en el que se supera al padre para poder seguir nuestro camino es inevitable sentirnos extrañamente solos al comprobar que el triunfo es correlativo de la dimensión de la contingencia, pues no hay tal triunfo cuando alguien garantiza de antemano nuestro destino.
Freud ”trasgresor” permite pensar las claves para franquear ese límite, su ”osada intromisión” es una conquista impía, mientras que la compasión y la traición que degradan al deseo abonan la inhibición y el fracaso.
Graciela Strada
Psicoanalista, Madrid