
La clínica de la maternidad adoptiva, me ha sugerido conexiones con algunos ejes que postula B. Cannone.
Es frecuente escuchar en algunas madres que adoptan, que experimentan en ciertos momentos un sentimiento de impostura. Lo suelen nombrar así y además describirlo como un malestar, una suerte de extrañamiento, a veces acompañado de una pregunta: ¿Qué hago aquí? ¿de dónde viene este niño? Este sentimiento aparece no solo al principio de la historia sino que suele aparecer en otros momentos posteriores, lejanos a él. Por una parte, sienten un ¡Por fin! Ha llegado el momento tan anhelado de tener un hijo, y luego experimentan una sensación de extrañeza cuando alguien la nombra como madre, ¿esa soy yo? ¿“Estarán mirando si se parece a nosotros”? También en algunos casos suele planear un fantasma de que los padres biológicos, arrepentidos puedan reclamar al niño tanto si conocen como si no, a la persona que lo ha dado en adopción
Sentimiento de no ser la madre legítima, de estar ocupando un lugar que no le corresponde, y otras dudas por el estilo. “Tú no eres mi madre” puede espetarla ese hijo un día a la cara… ¿cómo contestar si ella se siente una impostora? Es frecuente que también en las madres biológicas aparezcan dudas y preguntas acerca de si será una buena madre, de no poder ocupar la casilla Madre como corresponde, de no estar a la altura. Pero ¿Cómo es para la madre adoptiva?
¿Es entonces la madre biológica la “verdadera” madre también para esta mujer? ¿Por qué asimilan “verdad” con la biología?
Lo real biológico se les impone como verdadero a estas madres en desmedro de una operación simbólica fundamental la referencia a un padre y el haber recibido al hijo como un don, y descolocarse, desmarcarse, del deseo que puso en marcha la maternidad adoptiva.
Es cierto que no siempre se sienten así, pero ante algunas circunstancias, el problema surge y le abre la pregunta ¿que es ser madre?
Los sentidos que entran en juego cuando se anhela un hijo , el valor que tiene para ella, el lugar que le reserva antes de adoptarlo, sus deseos y los de las personas que fueron importantes para ellas hacen que lo desprendan de ese real biológico para ubicarlo en un lugar simbólico. La estructura que le antecede, que estaba ya ahí y que la madre encarna y vehiculiza en la palabra.
Somos hijos del lenguaje, de la lengua de la madre, que hace hijo al niño, lo engendra, lo filia con su palabra. Este paso también debe ser dado con los hijos biológicos, después del nacimiento para hacer suyo al hijo.
¿Qué es lo que hace surgir esa vacilación, ese malestar, que la excluye del grupo que “sí son”, ese desconocer cual es el lugar que está ocupando, pensarlo ilegítimo, la mayoría de las veces luego de un recorrido largo y penoso? Una vuelta a ser hija, en el pasaje de ser hija a ser madre.
Los hijos se inventan frecuentemente unos padres distintos de los que tienen. El fantasma de haber sido adoptado (novela familiar) participa en el anhelo de tener un hijo, respondiendo al enigma de los orígenes.
Esta doble representación encuentra su legitimidad en el paradigma de Edipo. Es efecto de la estructura misma del Edipo. El rechazo del padre original, (matar al padre) para ser educado por otro padre (adoptivo), funda la ley del inconsciente, que precede a las leyes sociales.
Tal acto en algún sentido ilegal, instala al sujeto en una culpabilidad que le ayuda a construir su sistema de prohibiciones. El asesinato e incesto fantasmagórico, constituyen la normativa de cada sujeto, cada uno a su manera.
El desdoblamiento de las figuras parentales, se efectúa como consecuencia de la alienación al lenguaje que nos hace humanos y que nos desdobla entre un organismo niño y otro hecho por la madre y su” lengua materna”, como hijo.
Así comienza el desdoblamiento de la madre, que escuchamos en la clínica.
La Madre no es la mamá. La mamá, es una mujer que en un momento dado de su vida ha tenido el anhelo de ser Madre. La maternidad le ha sobrevenido y ha encarnado como ha podido esta identificación a la MADRE, y trata de soportarla lo mejor posible. La mayoría de las mujeres que se convierten en madres, adoptivas ó biológicas, sienten que este papel les sobrepasa, que nunca llegan a ocupar la casilla de lo que debería ser una verdadera Madre. Es frecuente escuchar lo culpables que se sienten cuando imponen normas o castigos de los que se arrepienten posteriormente. Cuando hace falta poner restricciones, limitaciones, se culpan de no ser una buena madre. Es como si la imagen de una buena madre se impusiera a ella, como mujer.
Esta imagen de ser una buena madre (Ideal) a veces es tan grande que una mujer puede pensar en confiar a su hijo a alguien mas digno que ella de ser Madre, por ej., su propia madre, otro familiar, una institución.
Esta sería una conducta, como dice B. Cannone de tipo depresivo, inhibitorio… Si para poder decidir adoptar un niño, hay que salir como dice Freud del par potencia-impotencia (puedo- no puedo engendrar biológicamente un hijo) y reemplazarla por posible-imposible (éste es el hijo posible, el que puedo filiar) estaríamos ante una posición que aunque conlleva el malestar y la angustia de los sentimientos antes descriptos promueve el movimiento, motoriza el deseo.
La madre “verdadera”, es la madre TODA de la casilla. En el extrañamiento y en el sentir no llegar a la altura, que le hace decir “esa no soy yo, soy una impostora,” está una desmentida, un saber rechazado acerca de la muerte y la castración, de que nos habla Freud, para sostener el “no obstante… hay “otras” que sí saben ser verdaderamente madres y que ocupan naturalmente la casilla”. En este punto podemos decir efectivamente que el sentimiento de impostura es la antesala de la angustia castración, encrucijada de un saber no sabido que remite a la posición sexuada. Una madre frente a LA MADRE que sigue reflejando el ideal de omnipotencia que preserva la creencia en el falo materno y de la que tan difícilmente nos desprendemos.
Son varias las esperanzas inconcientes que hay que abandonar , como requisito indispensable para poder ocupar ese lugar “lo mejor posible” (cualquier mujer) sin sentirse una impostora y sobre todo sin tener continuamente su preocupación puesta en su imagen, es decir en su narcisismo, en lugar de hacer hueco para el hijo.
María Luján Ramos
Psicoanalista, Madrid