Creo recordar a Vicente Verdú quien en un texto publicado en el País dice: “conseguir ser uno mismo pertenece al mundo de la dignidad pero poder ser cualquiera corresponde al mundo de la divinidad”.
Si las fantasías y los delirios de poder llegar a ser otro estaban prometidos por las religiones pero en el otro mundo, eso se ha acabado. Hoy en día esta posibilidad está al alcance de nuestros dedos, basta con teclear en el ordenador para crear una realidad virtual donde ser lo que no podemos ser en nuestra realidad cotidiana. Sostenerse en lo que se es resulta insatisfactorio y socialmente incorrecto cuando la tecnociencia nos ofrece un abanico de posibilidades. El individuo como uno ha muerto, ¡vivan las posibilidades de ser otros!
Una de las aplicaciones de la tecnociencia es el mundo de los juegos en la Red donde puedes jugar a ser Dios con un simple ratón, sólo tienes que hacer ¡clic!
Juegos como Second life, Alter ego, Wold of Warcraft, etc., permiten a millones de participantes convertirse en el personaje de sus sueños, puede cambiarse, ser y no ser al mismo tiempo, el sujeto ya no es el producto de un proceso sino de un juego lleno de posibilidades que además no te marcan.
Lo que sorprende es lo normal que es la gente que participa en estos juegos, dice un estudioso del tema.
Otro comenta que los juegos de realidad persistente -cuando la realidad creada subsiste- pueden marcar un nuevo estado de evolución del hombre.¡¡??
Los delirios del Quijote, los deseos de Dorian Gray pueden ser superados y reflejados en la pantalla del ordenado, dice Verdú.
La posibilidad de actuar la fantasía está venciendo a la realidad de la vida cotidiana y ¿desplazando quizás el malestar de la cultura?
La comunidad on line, realidad virtual, ha disuelto la identidad. Se puede confeccionar cualquier identidad o rol, sólo basta con difuminar las características personales y psicológicas, incluso no tiene por qué ser humana la identidad bajo la que aparezcamos. La realidad virtual en la comunidad on line ofrece un amplio margen para que el sujeto exprese cualquier aspecto del yo posible. No existe un más allá de sus relaciones.
Otra de las consecuencias de la tecnociencia la encontramos en el Manifiesto Cyborg de Donna Haraway (1984) que pone en cuestión la existencia de los sexos como realidades biológicas con independencia de los procesos tecnocientíficos de construcción de la representación, viene a afirmar que: las máquinas han convertido en algo ambiguo la diferencia entre lo natural y lo artificial, entre el cuerpo y la mente, entre el desarrollo personal y el planeado desde el exterior. Es un canto al placer de la confusión de las fronteras y a la responsabilidad en su construcción.
En referencia a la sexualidad el sexo del cyborg restaura algo del hermoso barroquismo reproductor de los helechos e invertebrados, no es necesario el acoplamiento, fuera la heterosexualidad.
El Cyborg tiende a disolver la dicotomía apriorística entre los sujetos y los objetos, entre el fetichismo de los artefactos y reificación de lo humano. Todos somos cyborgs, quimeras, fabricados de máquinas y organismos.
Cualquier persona que tiene en su cuerpo un órgano artificial, un artefacto suplementario o un sistema inmunológico programado se le puede considerar un cyborg.
La teoría que se desprende del cyborg pone de manifiesto el papel que la tecnología y lo artefactual tiene en nuestra constitución como seres humanos dotados de cuerpo y sentidos con los que nos relacionamos directamente con el entorno.
El Cyborg implica una metáfora con las siguientes características:
- Expansión del cuerpo que ya no será el punto de referencia para extender el mundo. Será una entidad constituida por bits, lo cual posibilita una configuración quimérica entre varios cuerpos o formas fantásticas. El valor del cuerpo es el de lo efímero y temporal y de su potencia para huir de las formas convencionales.
- Revalorización de lo sensorial como recurso de conocimiento.
- Ampliación ilimitada de las posibilidades de comunicación y relación. El cuerpo ya no es un límite, se convierte en una superficie de conexión por las transformaciones y representaciones que puede llevar a cabo.
Mientras escribo estas notas aparece una noticia en la TV diciendo que un ingeniero japonés acaba de presentar un robot que es idéntico a él mismo, ¡ha fabricado su doble! que puede ocupar su puesto en situaciones incómodas para el autor. Las imágenes que daba la TV no permitían distinguir al sujeto de su doble.
Das Unheimliche sentado al lado y en casa todo el día. ¡¡Si Freud levantara la cabeza!!
Por último señalar los avances de la ingeniería genética y la cirugía, llamada estética, que actúa en lo real del cuerpo del sujeto y que produce efectos más determinantes en la posición subjetiva de los sujetos.
Otro ejemplo del poder de la cirugía y su uso por parte del sujeto para solucionar los problemas que la castración imaginaria deja en el cuerpo lo estamos viendo en un programa que una TV privada, Antena3, emite los domingos en hora de máxima audiencia, las 10 h. El programa se llama Cambio Radical, donde un espectador llama porque tiene muchos complejos y problemas a causa de su nariz o de su cara, boca, etc., en definitiva no le gusta la imagen que da su cuerpo. El equipo del programa se encarga de proporcionarle los medios técnicoquirúrgicos para darle una nueva imagen. La TV muestra un antes y un después de la intervención. Unos se sienten satisfechos y otros no se reconocen en su nueva apariencia, no se gustan y no pueden dar marcha atrás.
Ante estas aplicaciones de la tecnociencia en la realidad del sujeto cabe preguntarse ¿qué efectos se producen en la constitución subjetiva? ¿en la identidad?
Cuando G. Strada en su trabajo señala que “el Padre es quien marca los límites de lo posible en tanto que una de sus funciones es poner marco a lo Real”, en estos casos ¿ya no funciona esa función del Padre?
La ciencia aparece como un Padre que no pone límites, cuestiona el Edipo como horno donde se cuece la identificación y a la falta de objeto.
El Ic. ha dejado de existir, pero nosotros seguiremos hablando de él.
Manuel Prado
Psicoanalista, Madrid