¿Una figura contemporánea?
Publicado en Posturas e imposturasCapítulo del libro de Belinda Cannone: El sentimiento de impostura. Editado por Biblioteca Nueva.
Te cuentan que alguien quiere escribir un libro sobre la impostura y te indican sin cesar artículos, revistas y diversas menciones sobre la cuestión. Terminas por preguntarte si, como pretende Philippe, la cuestión tiene una especial actualidad. Si ese fuera el caso, ¿por qué? ¿por qué la impostura (y quizás la impostura) es un fenómeno de actualidad? Intenta desarrollar una hipótesis en ese sentido, abandonando el principio de multiplicación de los casos particulares en beneficio de un sistema de explicación más general.
Debes volver a la idea de que vivimos bajo la exhortación a ser “nosotros mismos”. Y eso produce “fatiga”*.
Retomas elementos del análisis de Alain Ehrenberg que describe al individuo contemporáneo: dice que el modelo tradicional que imponía conductas, reglas de autoridad y de conformidad sobre las prohibiciones ha cedido ante las normas que invitan a la iniciativa individual presionando para que llegar a ser uno mismo. Nos hemos “emancipado”, es decir, que el “ideal político moderno, que hace del hombre el dueño de sí mismo y no el dócil siervo del Príncipe, se ha extendido a todos los ámbitos de la existencia. El individuo soberano, que sólo se parece a sí mismo, y cuya venida anunciara Nietzsche se ha convertido, a pesar de todo, en una forma de vida corriente”. Pero la pesada consecuencia que se deriva de ello es que la completa responsabilidad de nuestras vidas recae únicamente sobre nosotros mismos.
Si seguimos a Ehrenberg, que cita a Nietzsche: “El fruto maduro del árbol es el individuo soberano, el individuo que no se parece sino a sí mismo” (Genealogía de la moral), nos acordamos del problema del impostor, ligado a la doble definición del puesto y de sí mismo, que desemboca en la angustiosa pregunta: ¿soy quien debería ser para ocupar legítimamente esta casilla?. Podemos preguntarnos si una sociedad que todo lo que propone a los individuos es que se parezcan a sí mismos, no excluye por principio que puedan parecerse al “habitante de la casilla”. De cualquier casilla. Si es que no entran necesariamente en una tensión irresoluble entre lo que creen ser (ellos mismos), y aquello que imaginan o saben de la casilla (modelo ideal, abstracto, en todo caso, inevitablemente diferente de ellos mismos). En suma, ¿no es de temer que el individuo que no se parece más que a sí mismo no pueda nunca habitar casilla alguna legítimamente? Continúa mirando.
La sociología añade: “Nosotros hemos llegado a ser puros individuos, en el sentido de que ninguna ley moral ni tradición nos indican desde fuera cómo debemos ser ni cómo debemos conducirnos”. El par permitido-prohibido que organizaba la sociedad y los comportamientos hasta los años 50, ha cedido su lugar al sistema posible-imposible, el cual no nace tanto de la ley como de las aptitudes individuales. Imaginas que este cambio es favorable al impostor (al ser de deseo que no pide más que moverse, cambiar y ocupar puestos) pero te das cuenta de que el lenguaje, en este punto, podría crear un equívoco porque invita a confundir al impostor con el arribista: no, lo que quieres es precisamente hablar del humano en tanto que se distingue de las legumbres, hablar del ser en movimiento, y cuando dices “conseguir”, aquí significa “realizar su deseo”; y, evidentemente, no se trata de lo que comúnmente se llama “éxito social”. Puedes por lo tanto imaginar que esta organización de las conductas, regida por el simple principio de la “posibilidad,” es favorable al impostor. Éste desea, intenta y se coloca en el puesto. Pero, ¿y después? Ha legitimado su actuación sólo a partir de sí mismo; ¿dónde encontrar la relativa al puesto que ocupa? No basta con llegar a cualquier sitio. Es necesario además encontrar razones para habitar la isla, porque esta isla existe a pesar del mero deseo del viajero, es algo dado, con sus restricciones. Porque las razones no se alojan sólo en el interior del individuo: “En lugar de que la persona sea dirigida por un orden externo (o en conformidad con la ley), tiene que apoyarse en sus resortes internos, recurrir a sus competencias mentales”.
En el fondo, si el impostor está tan extendido hoy en día (con ello se responde a la hipótesis inicial de este argumento), es porque se trata de un hombre normal, es decir, deseante, sin patología extraordinaria alguna, pero localizado en una sociedad que no ofrece ya una referencia externa, única y cerrada, de suerte que, siempre pondrá en duda la legitimidad de la posición alcanzada.
Dicho de otra manera: Ehrenberg muestra que el nuevo modelo de individuo nacido en los años 50 tiene su envés exacto, es decir, su patología específica, en la depresión. Ésta se presenta “como una enfermedad de la responsabilidad en la que domina el sentimiento de insuficiencia. El deprimido no está a la altura, está cansado de tener que llegar a ser él mismo”. La depresión se presenta como una patología del cambio, de una personalidad que busca ser ella misma en un contexto en el que solamente la iniciativa individual y no ya la obediencia son la medida de cada persona, lo que provoca un vivo sentimiento de inseguridad interior y un bloqueo de la acción.
Si el deprimido está dañado, fatigado del deber de ser sí mismo, convencido de no estar a la altura de su Ideal del Yo, y por ello afectado de parálisis, el impostor se mueve hacia el éxito, quiere realizar sus potencialidades, posiblemente tiene los medios, lo desea y actúa. Haciéndolo ejecuta plenamente el programa de iniciativa y de realización personales que propone la sociedad actual. Pero ahí es atrapado de nuevo por las características propias de esta sociedad: nada exterior le asegura que él sea el hombre que merece el puesto (que esté a la altura de su Ideal del Yo, o de su percepción de la casilla). Vive en una especie de nube de definiciones (de sí mismo y del puesto) que le inquieta permanentemente.
En esa medida, quizá se pueda decir del impostor, como del deprimido, que es el hombre de nuestra época, pero en su versión dinámica. Existe en el deseo, y también en la angustia, pero ésta (contrariamente a la depresión que inhibe), es el principio motor que le empuja al movimiento, a la acción.
Si quieres sintetizar parte de tus diversas reflexiones, dirías esquemáticamente: a la tríada, inhibición-depresión-vergüenza, el impostor opone deseo-angustia-sentimiento de impostura. Quedan dos tipos contemporáneos que no has evocado: el integrado (aquél que está absolutamente configurado por el puesto que ocupa, en algunos casos un buen puesto, del que no se moverá jamás, el guardián del templo sería una de sus variantes); y el individuo sano (el que se acomoda tan bien a nuestro mundo que asume gozosamente la función que el puesto le exige, pudiendo cambiarlo; no es demasiado corriente).
* Alain Ehrenberg.: La fatigue d´être soi. Dépression et société.
24 de Octubre, 2007 - 18:40
Estoy deseando tener en mis ojos este libro, nadie me podía mejor explicar x lo que estoy pasando ahora. Que palabra mas soberana: la impostura ¿esto se corregira con la edad?…………. gracias.
13 de Enero, 2009 - 15:22
El libro lo puedes encontrar en la librería Paradox en Madrid o en Xoroi de Barcelona, también te lo envían por Internet entrando en su página, puedes hacerlo directamente desde la nuestra. El título es “El sentimiento de impostura” Belinda Cannone. También, si el tema te interesa puedes encontrar los trabajos de las jornadas que se hicieron en torno a este tema en estas mismas librerías. El título es Posturas/Imposturas. Sentimiento de impostura y modernidad.Nos alegramos de que el tema tenga interés para tí.